Mi pluma estaba inmóvil,
a escasos milímetros del papel. Creo que me pasé así un millón de
años o tal vez menos, no lo sé y tampoco me importó. Mi pluma
siguió en la misma posición, el papel siguió en la misma posición,
mi mano siguió en la misma posición, todo a mi alrededor parecía
haberse congelado, haberse estancado en un sueño sin fin. Mi pluma
estaba inmóvil y yo, yo no era más que nada. De repente, sin darme
cuenta, me levanté o eso creí, no sé, no estaba seguro de nada
porqué mi pluma estaba inmóvil, salí de la habitación, atravesé
el pasillo y bajé por las escaleras. ¿Porqué eres así conmigo?
Será el destino. Llegué a la
recepción y mi pluma seguía inmóvil, a escasos milímetros del
papel. Al salir a la calle, llovía, no me importó mojarme, no me
importaba nada. Préstame tu tiempo.
Quise coger un taxi pero en aquella noche de perros ningún gato
andaba suelto. Reseguí las calles con paso cansado o tal vez no
mientras caminaba bajo la lluvia torrencial sin dejar de hacerlo, sin
dejar de pensar mientras mi pluma seguía inmóvil, mientras el papel
se alejaba de mí a la velocidad de un amor perdido. Llegué sin
saberlo a una plaza y una vez allí me desabroché la camisa, me
descalcé y sin pensármelo mucho me sumergí en su fuente. El agua
estaba fría, la noche era fría pero no tuve la sensación de pasar
frío en ningún momento pues mi pluma estaba inmóvil. Hace
años un arcoiris apareció en mi corazón. Ahí sigue. Como una
llama encendida dentro de mí.
Nadie me vio o al menos eso creí y empapado en aquella noche
torrencial proseguí mi marcha hacía ninguna parte o tal vez hacía
ese papel que estaba a escasos milímetros de mi pluma, no sé, eso
ahora no importaba. Avancé por calles y más calles hasta llegar a
un bulevar donde había escuchado que se podían comprar sueños
ajenos a buen precio. No estaba seguro de qué iba a hacer y aún así
entré. Todo en cuanto al amor es una cuestión de tiempo.
No es bueno encontrarse con la persona adecuada muy pronto o muy
tarde. No encontré a nadie en
mi camino y tampoco encontré ninguna tienda de esas que pensaba
encontrar, nada parecía ser fácil en el devenir de mis pasos pero
nada importaba porque todo carecía de valor en aquellos momentos
pues mi pluma estaba inmóvil a escasos milímetros del papel. Abrí
los ojos y el papel seguía allí y mi pluma también. No había
resto de agua en mi ropa ni en mi cuerpo, no había movimiento en
ninguna parte a excepción del constante sonido de las manecillas del
reloj de pared de la habitación. Salí al pasillo y lo atravesé
hasta llegar a las escaleras mientras mi pluma seguía inmóvil a
escasos milímetros del papel. Ella encontró una forma
indirecta de rechazarme... pero de todos modos nada dura para
siempre. De repente algo pasó,
la pluma cayó sobre el papel y su tinta se vertió sobre él. Mi
mano siguió inmóvil a escasos milímetros del papel manchado de
tinta azul. Si alguna vez quieres volver, te cobraré lo
mismo. Cerré por fin los ojos,
entonces abrí mi mente. No me importa si me amas o no, de
cualquier manera yo te amaré. El
reloj de pared marcó las dos de la madrugada, no sé, tal vez fuesen
las tres o las cinco, que más da si mi vida estaba durando un millón
de años o tal vez menos, no lo sé y tampoco me importó.
Incomunicados
¿Me
llamaras?
No sé.
¿Tanto
te cuesta llamarme?
No es
que me cueste es simplemente que no sé.
¿Me
gustaría escuchar tu voz?
Y a mí
la tuya.
Pues
llámame.
No sé
sí lo haré.
Dime,
¿tanto te cuesta?
No, no
me cuesta, ya te lo he dicho.
¿Entonces?
Entonces,
¿qué?
No
seas así, llámame aunque solo sea una vez.
No sé.
Aunque
solo sea la última vez.
No sé
sí lo haré.
Dime y
sé sincero, ¿tanto te cuesta llamarme? Antes lo hacías a menudo.
No
sabría decirte sí lo haré o no, simplemente no sé.
Has
cambiado mucho.
Sí tú
lo dices.
Si,
has cambiado, antes estabas dispuesto a llamarme a cualquier hora.
Antes
era antes y ahora es ahora.
Entonces,
¿porqué no me llamas ahora?
Por
que lo hacía antes.
Pero
ahora ya es antes.
Contigo
todo siempre es ahora.
Entonces,
¿me llamaras?
No sé.
Todos los recuerdos son surcos de lágrimas.
(Wong Kar-wai)
Cuatro pequeñas botellas de agua
Cuatro
pequeñas botellas de agua encabezan mi escritorio. Una está llena
de agua, una vacía, otra medio llena y otra medio vacía. Las cuatro
botellas de agua conforman un cuadro muy clarificador, muy personal y
muy íntimo. No sé porque las tengo en el escritorio y tampoco sé
porque las puse ahí aunque lo que sí sé es que son el fiel reflejo
de mi vida. Tanto el agua como el plástico como el tapón como el
vacío que hay en tres de ellas son una clara muestra de como ha ido
mi vida hasta el día de hoy. Podría dar una explicación sobre cada
una de ellas, el significado de su agua, de su plástico, de su tapón
y hasta del vacío que en tres de ellas es manifiesto pero no lo
haré, no es necesario. Estas cuatro pequeñas botellas me acompañan
cuando me siento en mi escritorio, cuando mi mente vuela y cuando mis
febriles manos no se pueden estar quietas. Estas cuatro pequeñas
botellas, rellenas de agua y vacío, son algo más que lo obvio, lo
sé, lo siento aunque dar una razón también es del todo
innecesario. Las he colocado en el encabezamiento, no en el lado
derecho ni en el izquierdo donde abunda el espacio, las he colocado
intencionadamente en el centro, a modo de recuerdo constante, de un
modo tan particular que cualquiera que las vea se sentirá intrigado
por su posición. Debo decir que sus formas no son normales, no son
las típicas pequeñas botellas de agua que puedes comprar en un
colmado o un supermercado cualquiera, tienen una forma excepcional
pues su contenido, a pesar de ser agua, también es excepcional. Lo
que más me gusta de estas pequeñas botellas no es su forma ni lo
que contienen por muy excepcional que sean, lo que más me gusta es
lo que representan pero dar una explicación sobre ello, como he
comentado antes, es del todo innecesario. Por último decir que este
cuadro clarificador que son las pequeñas botellas de agua que
encabezan mi escritorio es una señal para mi eterna mejoría, para
mi anhelada rectitud y para aprender, si esto es posible, que a veces
las cosas son como son a pesar de no estar de acuerdo al cien por
cien con ellas.
Una
está llena de agua, una vacía, otra medio llena y otra medio
vacía...
…
como la vida misma, sin otra explicación posible.
Piaster
El
pequeño Piaster saltaba de letra en letra como si de pequeñas
huellas en el camino se tratasen. Seguía una senda, un camino que a
todas luces era desconocido salvo para él. Era el último de su
especie o al menos eso creía pues en todas sus aventuras nunca había
encontrado a nadie que fuese ni remotamente parecido a él. Se sentía
único, original, fuera de lo común y a través de ciertas letras
creaba una impresión que solo sabía hacer él. Decía que a través
de ellas uno podía conocerse pues a cada paso que daba, a cada letra
que pisaba se formaba una imagen, una especie de película donde se
podía entender muchas de las cosas que pasaban en este mundo. Cabe
decir que Piaster era más pequeño que el más pequeño de los
ratones, era más ágil que la más ágil de las gacelas y más
rápido que el más rápido de los acinonyx. Era un cúmulo de
propiedades que no respetaba las más elementales leyes de la física,
era como esa partícula que a pesar de existir nadie a descubierto
aún. Debemos aclarar que el pequeño, ágil y rápido Piaster nació
en un lugar dónde las letras no existían, en un sitio donde los
números eran inexistentes y en un espacio donde el vacío carecía
de sentido, nació en uno de esos lugares donde la imaginación está
tan presente que se puede respirar, en uno de esos lugares donde la
creación se manifiesta como la primavera, en uno de esos lugares
donde los dados de la fortuna tienen siete caras. Piaster, como unos
pocos saben, fue el único hijo de una familia numerosa y como tal
recibió las atenciones de todos y a su vez las peticiones de todos
pues todos sabían que era único, original y fuera de lo común. Su
infancia transcurrió en un pentagrama de luz, su adolescencia entre
pétalos de nubes y su actual madurez en las letras que una y otra
vez conforman historias que a su vez le confieren voluntad a cada
paso que da y a cada salto que ejecuta como sí de pequeñas huellas
en el camino se tratasen.
En
definitiva, Piaster era un amigo, un alma y un ser donde se podía
entender muchas de las cosas que pasaban en este mundo, eso sí...
…
letra a letra, paso a paso.
Ad litteram
No
cambies lo que más quieres en la vida
por
lo que más deseas en el momento
porque
los momentos pasan
pero
la vida sigue.
Cantares
" Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar"
La farmacia del corazón
Hola
buenos días, ¿es aquí la farmacia del corazón?
Si
señor, ¿que desea?
Necesitaría
algo para mejorar su
funcionamiento.
¿Qué
es exactamente lo que le pasa?
Que
amo en demasía.
¿Y
eso es malo?
No
es malo pero hace que mi mente se vuelva loca.
¿Y
eso también es malo?
No
es malo pero hace que mi cuerpo sienta con la fuerza de mil
huracanes.
¿Y
eso es malo?
No
es malo pero hace que mi ser se resienta como una bisagra oxidada.
Y
le repito, ¿es eso malo?
No,
es que simplemente de tanto
sentir a veces me hace sentir poco.
Ahora
no le acabo de entender.
Pues
eso me pasa a mí y es por ello que vengo aquí.
Pero
esto es la farmacia del corazón no su taller.
¿Entonces
me he equivocado?
No
soy quién para decirle sí se ha equivocado o no.
¿Pero
usted no es el que posee remedios para el corazón?
Si.
¿Y
no me puede ayudar?
Creo
que no.
¿Porqué?
Por
que su corazón no está enfermo simplemente siente.
¿Entonces
que me aconseja?
Déjelo
libre, él sabrá sanarse por sentimiento.
Sin renuncia de este mundo,
quisiera enseñar a mi corazón,
que fluya noche y día,
como el agua clara.
(Chiyo-ni)
Ingenuidad
Una
cosa que no deja de sorprenderme es mi clara predisposición a la
ingenuidad. Soy un ingenuo de pies a la cabeza desde que tengo uso de
razón y con el paso de los años está tendencia no disminuye sino
más bien se acrecienta. Algunas veces, las más he de confesar, sigo
pensando ingenuamente que los sentimientos que guardo en mi corazón
son parejos a los de las personas a quién van dirigidos aunque la
mayoría de veces no es así y aún así lo sigo pensando y sobretodo
sintiendo. Más de una, dos y tres veces me siento absurdo pensando
así, mi sentimiento hacía la otra persona ya está resuelto por su
parte y yo sigo con la misma ingenuidad de sentimiento que antaño.
Hace tiempo, mucho tiempo amé como solo pueden amar los corazones
libres, sentí que mi vida era vida y que mi sangre era sangre y
aunque suene extraño, hoy sigo sintiendo así. Sé a ciencia cierta
que todo aquello se acabó y que no volverá pero yo, ingenuo de mí,
sigo amando con el corazón, la sangre y mi ser como sí mi vida
dependiera de ello. No puedo y no sé vivir de otra manera, no quiero
vivir de otra manera, deseo ser un ingenuo y no lo deseo, quiero
arrancar de mí estos sentimientos y no lo quiero hacer, me duelen y
a la vez, siendo sincero conmigo mismo, no quiero perderlos. Me
hicieron hombre, me resolvieron anciano, me descubrieron alumno y
maestro y me atrajeron hacía un Sol que nunca había sido tan
brillante ni cálido en toda mi vida. Me golpea una y otra vez la
terrible realidad y me siento derrotado y aniquilado aunque esta
misma ingenuidad, nacida de mi más profundo ser, me hace darle la
vuelta a la situación hasta resolverme como un hombre feliz, un
anciano sabio y un alumno y maestro con sed de aprendizaje. Querría
expresarme mejor, querría poder escribir estas palabras sueltas sin
tener los ojos llenos de lágrimas, me gustaría no tener esta
opresión en el pecho que ahora me ahoga y sobretodo, sobretodo,
sobretodo me encantaría volver a ver salir ese Sol en mi vida y
hacer florecer ese jardín de nuevo que con tanto mimo y esmero cuido
y que en sí es un recuerdo del ayer que para mí, es un hoy
perpetuo. Últimamente esta ingenuidad que padezco está haciendo
estragos en mí aunque como antes he confesado también me ayuda a
sobreponerme a esta mala situación que estoy viviendo. Esta
ingenuidad me hace crecer pero a pasos tan diminutos que cuando
admiro a quienes me rodean me maravilla saber que los demás
adelantan sus pasos hacía el futuro como sí fueran auténticos
gigantes.
Más de una, dos y tres veces me siento absurdo pensando así.
Será porque ...
… soy un ingenuo.
Página 299
Cuando
llegó a la playa lo primero que hizo fue recorrerla, quería
impregnarse de la sal del mar y del calor del Sol en aquella mañana
soleada. Sus pasos de detuvieron en un lugar solitario de la misma.
No era que estuviese cansado, no era que estuviese harto de avanzar
solitario entre el agua y la arena, se detuvo porque sintió que ya
había llegado al lugar ideal. Le recordó vagamente a otro lugar
donde ya había estado, un lugar donde los sentimientos antaño
fueron sinceros y la felicidad brotó como lo hace el agua desde un
manantial, pura y limpia. No tuvo prisas en colocar sus cosas, la
toalla, el libro y sobretodo la caja que llevaba consigo. Hizo todo
esto con una parsimonia deliberada, del todo ceremonial. Parecía que
aquello iba a ser un acto solemne como sí fuese uno de esos actos
que marcan la vida y sobretodo, el presente. Antes de nada se
desnudó. Una vez desnudo supo que ya había llegado la hora. Se
acercó a su toalla y abrió el libro, buscó la página 299, una
hoja muy significativa en su pasado reciente y una vez hecho esto sus
ojos se posaron sobre la caja. Era de madera, ricamente decorada y
con un cierre metálico fácil de abrir. Se arrodilló ante ella y
después de unos segundos la abrió. Estaba lleno de papeles, dibujos
y diferentes objetos que habían sido guardados allí celosamente en
el transcurso de toda una vida, eran retales una vida que se había
producido dentro de otra vida, eran retales de un vestido dentro del
gran armario que era la vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas al
ver todo aquello pues recordaba como sí fuera ayer cada una de las
pequeñas cosas que aquella caja guardaba. Se había desnudado como
símbolo de respeto ante aquellos recuerdos que ahora se hacían tan
presente. Una profunda tranquilidad lo inundó en esos momentos, una
paz que parecía provenir de aquella caja lo invadía por completo,
se entusiasmó y se alegró. Poco a poco fue sacando los objetos de
la caja y fue depositándolos en la toalla. No quiso ordenarlos por
fecha o por tamaño, eso estaba de más porque sabía que todo lo que
sacaba de aquella caja era importante para él. Así estuvo durante
horas sin que nadie lo molestase hasta que finalmente todo el rito
concluyó. Antes de vestirse se bañó en el agua fría del mar y
podemos afirmar que ésta lo recibió como a un amante. Se secó al
calor de un Sol que brillaba más que nunca, que calentaba más que
ningún otro día en aquella época.
Lo
que allí pasó, lo que allí se dejó y lo que de allí se llevó es
una incógnita para nosotros aunque podemos afirmar que aquel extraño
rito fue algo más para este personaje, fue la finalización y a la
vez el inicio de una nueva vida dentro de otra vida, fue como
cubrirse de un nuevo vestido dentro de aquel armario que era la vida.
Cuando
regresó de la playa lo primero que hizo fue sonreír.
Paso frío
La
noche es fría, una de esas noches dónde solo los inconscientes
salen y se adentran en una oscuridad que hiela. Nuestro personaje,
hastiado y cansado por sus múltiples recaídas, decide dar ese paso
y sale a una oscura realidad que lo acoge con tanta frialdad que
haría estremecer hasta al más insensible de los hombres. Una vez en
ella no siente nada más que el peso de sus pensamientos y el crujir
de la nieve bajo sus pies. A simple vista parece un hombre derrotado
y abatido por las circunstancias que le ha tocado vivir. En esos
momentos, mientras camina cabizbajo sus pensamientos se arremolinan
sobre las últimas causas de sus desgracias, sobre sus últimas
acciones que lo han conducido directamente hacía una posición que
en otras personas podría definirse como catastrófica pero que en
él, a muy pesar suyo, van siendo habituales. Si lo observásemos
desde un distancia prudencial podríamos afirmar que es una persona
que no está bien, que es uno de esos individuos, tan corrientes hoy
en día, que transitan sin saber adónde van pues su futuro es
incierto y oscuro como esta negra y fría noche que lo envuelve.
Podríamos afirmar observando su paso y su porte que transporta una
pesada carga sobre sus espaldas y que ésta, a cada paso y a cada
momento, se hace más y más grande reduciéndolo poco a poco a la
más mísera de las expresiones. Sus huellas, surcos en esta nieve
que lo cubre todo, no parecen tener sentido y sobretodo no parecen
tener causa porque en una noche así, los pasos, las huellas y el
camino están de más. Nuestro personaje cuyo nombre desconocemos
avanza por entre las calles sin otra compañía que sus pensamientos,
es un individuo que ha sufrido en esta vida y que ésta en lugar de
resarcirlo lo está mortificando por momentos, parece más bien un
personaje de alguna novela del diecinueve que cansado con la realidad
en la que está enclaustrado ha decidido salirse de ella, de la
realidad y de la novela, y vivir de un modo diferente pero esto no le
está saliendo bien. Los antiguos afirmaban que la voluntad y la
fuerza la inferían los dioses pero en la época que le ha tocado
vivir a nuestro personaje nada de esto tiene sentido, nada de lo que
antiguamente aplacaba al hombre en momentos así ahora sirve y sin
recursos, fuerza y voluntad nuestro personaje está a merced de un
frío que lo acoge en las calles y en su alma. Algunos dirían que
hombres así son peligrosos para sus congéneres pues no tienen nada
que perder pero nuestro personaje no es así, nada tiene de peligroso
para con los demás más bien al contrario, en su situación actual
es un hombre vulnerable y fácil de abatir aunque no por ello tiene
miedo. Ya no le queda nada que perder ni nada por lo que luchar y es
así que paso a paso avanza por unas calles teñidas de blanco y
frías como la muerte. De repente se detiene delante de una vieja
tapia, está inmóvil y con la mirada puesta en ella como si esperase
algo de aquel montón de piedras y cemento, permanece así hasta que
las primeras luces le anuncian el nuevo día. Si alguien lo estuviese
viendo en esos momentos, inmóvil y con la mirada fija en la tapia
hubiese creído que estaba viendo a un loco pero nuestro personaje no
estaba loco sino muy cuerdo, excesivamente cuerdo para poder soportar
semejantes circunstancias. Nuestro personaje, cuyo nombre no logramos
recordar, nos recuerda a tantos y tantos que cada noche deambulan por
las calles de nuestra ciudad...
…
sin otro pasado que sus huellas, sin otro presente que su pesada
carga y sin otro futuro que no sea una fría tapia
Vestido de amor
Sus
ojos no perdían detalle de los pequeños puntos que tanta atención
necesitaban. Sus hábiles manos trabajaban como si estuviesen
meciendo a un recién nacido o como sí estuviesen amando a la más
bella mujer de este mundo. Sabía que ese trabajo era diferente a
cualquier otro, sentía que estaba haciendo algo excepcional y era
por ello que le costaba mantener la calma, tan necesaria para poder
realizar todo ese trabajo a la perfección. Sus ojos y sus manos se
sincronizaban de un modo sorprendente, en su labor había algo de
artístico, algo que transcendía lo meramente laboral para
adentrarse en ese mundo donde solo unas pocas personas son capaces de
reconocer. Su taller estaba bien iluminado porque le gustaba trabajar
durante el día, un gran ventanal le proporcionaba toda la luz
necesaria para ello. Siempre decía que la luz le inspiraba y le daba
fuerzas y voluntad para seguir con su trabajo y que era ella quién
mejor juzgaba sus obras. En la luz todas las imperfecciones se
hacen relevantes. Aquella obra
lo mantenía absorto durante casi todo el día y si no fuese por su
bienamada hija Y* muchos días los hubiese acabado sin haber probado
bocado. Ella sabía de la importancia del trabajo de su padre,
conocía la importancia de las fechas de entrega, sabía cuanto de
caprichosos podían ser sus clientes pero nunca antes lo había visto
así. Y* comprobaba como este último trabajo requería en su padre
un esfuerzo mayor que el realizado hasta ahora en todas sus obras, no
acababa de entender que era lo que le hacía tan importante y no
entendía quién había podido encargarle semejante proeza. Y*,
respetuosa como era, no osaba preguntar y dejaba a su padre trabajar
en su taller durante días y días y así su preocupación por su
estado de salud iba en aumento. Siempre que tenía un momento lo
observaba desde la puerta intentando averiguar porque su padre se
empecinaba tanto en aquel trabajo que tanto lo estaba desgastando. Él
mientras seguía con su trabajo, sabía que sus manos, sus ojos y en
definitiva, todo su cuerpo se resentía del esfuerzo diario que
conllevaba aquella labor pero no desistía, no quería dejar la
oportunidad de alcanzar aunque solo fuera una vez en la vida la
perfección que tanto anhelaba. Sus ojos no perdían detalle de
aquellos puntos que se iban juntando e iban formando, poco a poco,
una pieza excepcional. La destreza de sus manos resultaba una
herramienta fundamental en este caso, él sabía que ellas, al igual
que todo su ser, debían dar lo mejor que poseían para llevar a cabo
con éxito aquella última obra.
Una mañana llamó a su bienamada hija Y* y ésta, tan pronto entró
en el taller, se sorprendió al ver a su padre radiante y feliz,
hacía mucho tiempo que no lo había visto así y esto la alegró
mucho. La hizo sentarse delante de su mesa de trabajo y le enseñó
su última creación.
¿Dónde
está papá? -preguntó Y*
totalmente desconcertada y temiendo por momentos que su padre se
hubiese vuelto loco definitivamente.
Esta
aquí, delante de tus propios ojos
-respondió el padre tranquilamente.
No
lo veo papá, dices que está delante de mí pero yo no lo veo.
No
sufras hija por no verlo aún, te aseguro que algún día lo verás.
No
te entiendo papá, ¿qué quieres decir con eso de que algún día lo
veré?
Hija,
te he confeccionado un hermoso vestido solo para ti, lo he
confeccionado con la tela de mi amor eterno hacía ti, lo he cosido
con todos los besos que me has regalado y lo he decorado con todos
los abrazos que me has dado en esta feliz vida contigo.
Pe...
Pero papá, ¿como has podido hacerlo?
Por
amor hija.
¿Y
como es que aún no lo puedo ver?
Lo
verás cuando llegué el momento.
¿Y
cuando será eso?
Cuando
aprendas que el amor es lo más importante en esta vida.
Mi suerte
Un día entro por mi
ventana una bruja. Acudió a mí, según me dijo, porque yo la había
convocado. No supe que responder, no supe como tomarme aquella
tajante afirmación y al ver mi cara de sorpresa y asombro se puso a
reír. Ese fue nuestro primer encuentro aunque vinieron más, muchos
más y en todos ellos me encontré indefenso ante lo que ella definía
como lecciones de verdadera vida.
Me confesó que junto a ella mi vida se convertiría en algo muy
diferente a la que había vivido hasta esos momentos, me dijo que
ella me haría ser el más grande de todos los granujas que poblaban
aquella tierra de lobos y niebla. Yo, como es normal, me opuse
inicialmente pues sabía que no era lo que quería pero ella, bruja
como era, supo darle la vuelta e iniciarme en el arte de la
verdadera vida. Sin saber cómo
me vi sumergido al cabo de poco tiempo en sus enseñanzas y como un
alumno aplicado fui aprendiendo y desaprendiendo a una velocidad
hasta en esos momentos desconocida por mí. Sus lecciones siempre
eran extenuantes y caóticas, sus maneras del todo despóticas y su
sonrisa siniestra pero aún así yo seguía sus directrices sin
poderme resistir. Me tenía entre sus manos y yo, cual títere
descabezado, hacía lo que ella me pedía. Hubo momentos en que ella
no me solicitaba nada y aún así yo hacía cualquier cosa para
complacerla, para verla contenta con mis progresos. Al principio
pensé que aquello duraría poco pues ella se cansaría rápidamente
de alguien como yo pero no fue así, la niebla y los lobos se
sucedían y mis aprendizajes crecían mientras ella crecía a mi
alrededor. Sin darme cuenta mi vida quedó reducida a una mísera
parte de lo que era antes, mi vida anterior se convirtió en un
lejano sueño que solo de vez en cuando acudía a mí como si fuese
algo irreal que no me hubiese pertenecido nunca. Recordaba haber
tenido amigos y abrazos pero aquello acudía a mi mente como si fuese
el relato de alguna obra leída en el pasado. Aquella bruja que un
día acudió a mí me salvó y me condenó según sus palabras,
aquellas lecciones de verdadera vida
estaban haciendo de mí un hombre diferente, un ser capaz de afrontar
tanto a los lobos como a la niebla sin importar las consecuencias que
conllevaba esto. Me explicó que para ella no era el primer alumno y
no sería el último y que solo cuando en mí descubriese ese
algo que solo la oscuridad posee
me dejaría en paz. Ese día llegó aunque yo no tuve constancia de
ello hasta comprobar que después de tres meses, ella no se
presentaba a mí como lo había hecho diariamente durante tanto
tiempo y este hecho me dio la definitiva respuesta que ella ya había
partido. Me preguntaba sí en esos momentos estaría en brazos de otro
incauto o simplemente reflexionando junto a la niebla y los lobos,
nunca lo supe, lo que sí pude afirmar es que...
Descanse en paz la cocaína
Aquella
chica me miraba con sus pupilas dilatadas debido a la cocaína y
parecía no entender nada. Su voluntad estaba a años luz de allí y
aunque me esforzaba por hacerle ver que había que contrarrestar
aquella adición con otra y que ésta última fuese totalmente
saludable para ella y para los que la rodean, ella parecía no
entender. Me invitó a un cigarrillo y yo voluble como soy, acepté.
Hacía diez años que había dejado de fumar pero no me pude
resistir, deseaba empatizar con ella aunque ella misma estuviese
puesta hasta las cejas. Yo
sabía que era estar puesto
y no solo de cocaína y sabía los riesgos que se corren cuando eres
esclavo de cualquier sustancia, situación o manía. Había vivido
sumido como esclavo durante años y ahora limpio
como un niño de ocho años lo veía todo con absoluta calma. Mis
reflexiones parecían entretenerla aunque me daba cuenta que no
llegaban donde pretendía que llegasen, su mente activada en un
porcentaje muy superior al mío no estaba por la labor. No me sentí
frustrado ni nada por el estilo, yo sabía como ella se sentía en
esos momentos, cosa que ella no podía hacer con mi posición, ella
no conocía como se siente alguien que ha pisado el infierno y ha
salido de él aunque sea hecho cenizas. La mayor dificultad de un ser
humano es construirse de nuevo después de haberse pasado tiempo
destruyéndose, después de haber acabado con él una y otra vez a
sabiendas que estaba mal hecho, a sabiendas que no le beneficiaba y
que eso mismo destruía su entorno a la misma velocidad que él se
destruía. El problema de las adicciones no son las sustancias en sí,
me explicó un yonqui hacía muchos años, sino el problema a
solucionar es que la persona deja de ser persona debido a la
necesidad que tiene de ella, su propia personalidad pasa a un segundo
término y esto inevitablemente la destruye. A la pregunta de porque
sí sabía el problema no ponía solución, el yonqui muy tranquilo
me respondió, porque para muchos de nosotros ya es demasiado tarde,
la comprensión ha llegado tarde y ya nada se puede hacer. Ese
recuerdo me vino mientras estaba con aquella chica de pupilas
dilatadas pero no le dije nada de aquello, sabía que estaba de más
hablarle de otras personas, de otras situaciones o de otras manías
porque lo que verdaderamente interesaba era ella, solamente ella. Me
confesó que la había ayudado mucho y me dio dos besos a modo de
despedida cuando nuestros caminos se tuvieron que separar, me confesó
acercándose a mi oído que no me olvidaría y que muy pronto tendría
noticias suyas pero que esta vez la encontraría diferente, que la
próxima vez que nos viéramos me sorprendería, comprobaría por mí
mismo que ella era una mujer muy diferente, una mujer que me
agradaría. Sonreí y la abracé, le respondí que estaba ansioso por
ver ese cambio y que si me necesitaba ya sabía donde encontrarme,
tomo nota me respondió justo antes que un facultativo la llamase
para hacerle un reconocimiento.
Han pasado miles de amaneceres desde aquel encuentro y nunca más la
he vuelto a ver aunque de vez en cuando pienso en ella, a veces me
parece verla por aquí o por allá pero nunca es ella. Espero de todo
corazón que aquella pupilas dilatadas por la cocaína se hayan
repuesto y ahora solo se dilaten debido a la luz cegadora del Sol,
debido a la alegría del amor o debido al abrazo de un niño.
Bien podría ser
Hace muchos años en una
tierra lejana y ahora extinta, había una fragua que creaba caminos y
destinos para todo aquel que lo necesitaba. Su nombre era un secreto
aunque todos conocían a su maestro forjador, Delepho, el viejo
arcano que hacía que esto fuera posible. Delepho, como todos los
arcanos de aquella época, era bajito y caminaba siempre encorvado
como sí todo el peso del mundo recayese en sus pequeñas espaldas.
Sus ojos vivaces y claros hablaban por sí solos y sus manos poseían
la suavidad del recién nacido a pesar de haber vivido más de
setecientos años. Era de carácter afable y bondadoso y nunca se le
había escuchado un reproche o un mal gesto hacía nadie, su vida era
como la vida de un personaje de cuento, como si el futuro para él no
tuviese ningún secreto. Muchos creían que era hijo de la Tierra y
el Sol mientras que otros afirmaban que sus padres eran los
auténticos Dioses que reinaban sobre los vivos en la Tierra. Nadie
sabía a ciencia cierta como había nacido y si alguna vez moriría y
cuando alguien le preguntaba, él simplemente sonreía y respondía
con afables evasivas. No le gustaba hablar de sí mismo como no le
gustaba hablar de los malos tiempos pues él era un creador de
caminos y destinos y para quién no lo sepa aún, los viejos arcanos
como Delepho no viven de pasados ni de recuerdos, simplemente
respiran y esperan, esperan y respiran. Cabe decir que en la época
que nos ocupa su trabajo se había multiplicado por cien mil ya que
los hombres vivían en una insatisfacción permanente y nada de lo
que recibían les parecía bien. Hacía centenares de años que
Delepho había impuesto una norma que no se saltaba jamás, una
persona solo podía acceder a él dos veces en vida, solo le podría
ofrecer dos destinos o caminos diferentes al que por vida le había
sido asignado. Hubo gente que no lo entendió y profirió sobre él
los más graves insultos y amenazas pero el viejo arcano sabía que
esto no era suficiente para hacerle cambiar de opinión. Delepho
sabía que por mucho que algunos se quejasen amargamente de su suerte
él no iba a cambiar su norma. La fragua actuaba de acuerdo a los
designios del peticionario y él simplemente cumplía con su
cometido, el fuego hacía el resto. Nada se sabía del proceso en sí
y aunque muchos intentaron averiguarlo nadie consiguió saber ni el
más mínimo detalle. Delepho era un ser inteligente y sabía
perfectamente que el poder de la fragua no debía ser conocido por
nadie más que por él. Hacía centenares de años que esperaba al
que lo tendría que sustituir pero éste nunca llegaba, esto no
desanimaba a Delepho porque bien sabía que su maestro había tardado
mil años en encontrar a alguien para traspasar el conocimiento y el
poder de la fragua. A veces se sentía muy viejo mientras que otras
veces era como un joven aprendiz enfrascado en un mundo nuevo lleno
de oportunidades y secretos a descubrir. Las personas que acudían a
él solían ser en su mayoría individuos a los que la vida no los
había tratado bien aunque había unos pocos que simplemente venían,
a pesar de poseer todo lo necesario para ser felices, por el simple
hecho de cambiar. Delepho conocía bien el espíritu humano y sabía
con certeza de su inconformismo vital. Nadie estaba de acuerdo con lo
que tenía y siempre anhelaba algo más, unos deseaban más poder,
otros más riqueza, otros más tiempo de vida y finalmente otros, los
menos, deseaban todo lo anterior a la vez. Él por su parte vivía de
un modo austero y sin ningún tipo de lujo, era de la creencia que
cuando menos se tiene más se posee. Cabría decir que solo había
una cosa que le encantaba tener a todas horas pero que no siempre se
cumplía y esto era a sus amados ruiseñores. Le maravillaba su canto
y su vuelo, su forma y su plumaje y en ellos encontraba la única
cosa que deseaba aunque nunca pensó en enjaularlos ni tan siquiera
para satisfacer lo que tanto anhelaba. Ellos entraban y salían de su
casa como huéspedes que vienen de visita y tan pronto te acostumbras
a ellos ya se tienen que ir. Se sentía un poco cansado con su
trabajo las temporadas que ninguno de ellos le hacía una visita pero
se reconfortaba con la idea que tarde o temprano volverían a
visitarlo y que con ellos sus ganas y su alegría crecerían de
nuevo. Delepho no sabía de dónde provenía este amor por los
ruiseñores pero la verdad es que desde que tenía recuerdos éstos
siempre habían sido su más preciado deseo. El suyo no era un deseo
comparable con los deseos de las personas que lo visitaban, el suyo
era un deseo excelso que respetaba la verdadera libertad del otro, la
verdadera esencia del ruiseñor y que no interfería en su vida ni en
sus actos. A veces se preguntaba si no podría transformarse en
ruiseñor y volar a cielo abierto como hacían ellos, si aquel nuevo
destino no le depararía más alegrías que su vida actual pero en el
fondo de su corazón sabía que no sería así, su sitio estaba en
aquella fragua de caminos y destinos, su lugar en este mundo arcano
residía cerca de aquel fuego que era capaz de transformar una vida,
cien vidas, mil vidas y cómo no, millones de vidas. Él era Delepho,
el viejo arcano, y eso le hacía feliz. Su carácter bondadoso y
afable lo hacían único en un mudo dónde los deseos podían más
que la voluntad, en un mundo dónde la injusticia y los atropellos
estaban a la orden del día, en un mundo dónde, y eso era lo más
terrible de todo, nadie se estremecía ni hacía nada por el llanto
de los infantes. Era un mundo duro, él bien lo sabía, pues llevaba
centenares de años en una tierra cuya historia no cambiaba a pesar
de su existencia. Recordaba que cuando se hizo poseedor del poder de
la fragua de caminos y destinos pensaba que podría cambiar el mundo
cambiando las personas pero poco después comprobó que esto no sería
posible, pocos muy pocos había acudido a él en busca de un cambio
en beneficio de la mayoría muy al contrario, la mayoría acudía a
él en busca de un beneficio propio, de su propia leyenda personal
sin importar lo que acuciaba a sus congéneres. No sentía pena ni
rabia, no sentía dolor ni amargura ante este hecho porque
simplemente conocía la naturaleza humana y sabía que por mucho que
cambiase el mundo, los hombres seguirían siendo iguales aunque
pasasen eones y aunque hubiese millones de Delepho. Esta aterradora
realidad no mermaba el ánimo del viejo arcano aunque sí que suponía
un incremento en su trabajo, las personas que acudían no siempre
podían ser atendidas con la brevedad que requerían y muchos de
ellos se enfrascaron en luchas por conseguir la mejor posición
respecto a él y a su fragua de caminos y destinos pero lo que no
sabían éstos es que existía otra norma de obligado cumplimiento,
aunque ésta no la hubiese creado Delepho sino su maestro, y era que
si alguien entraba en los dominios de la fragua y mataba, agredía o
ultrajaba a otro semejante su nuevo destino se vería reducido
proporcionalmente al dolor y sufrimiento que había infligido. Hubo
muchos que aprendieron esta norma mientras que otros, por soberbia,
por orgullo o por cualquier otra razón, creían que estaban exentos
de ella y seguían haciendo tropelías en los dominios de la fragua
de caminos y destinos. Delepho sabía bien que por mucho que las
normas fueran conocidas desde hacía generaciones siempre había un
número de personas que se creían que podían no respetarlas, que se
pensaban que las normas no estaban hechas para ellos y se equivocaban
pues a diferencia del resto de la tierra, en los dominios de la
fragua, las normas de los viejos arcanos eran ley. Una ley
inquebrantable y poderosa, una ley de obligado cumplimiento para todo
ser vivo que se adentraba en esa tierra lejana dónde el viejo arcano
era Dios y el fuego de la fragua su auténtico poder.
En una tierra lejana vivía
Delepho, un viejo y encorvado arcano, creador de caminos y destinos a
través del fuego de su fragua. En una tierra lejana vivía un ser
bondadoso y afable, amante de los ruiseñores y de su canto. En una
tierra lejana vivía alguien que...
Escrito y publicado por
David
Ya nunca más volvió a ser el mismo
Cuando
su corazón alzó el vuelo ya nada ni nadie pudo detenerlo. No es más
que un corazón decían algunos, no es más que otro loco en busca de
su quimera afirmaban otros aunque en realidad era algo más que eso.
Era verdad, una verdad desconocida y oculta para los que observaban
desde la tierra firme ya que éstos nunca entenderían porque sus
pies raíces y sus ojos hojas no les permitían hacerlo. No se puede
enseñar lo que ya se sabe como no se puede sentir lo que no se
posee, una afirmación que para algunos eran tan solo palabras
mientras que para otros, los menos cabe decir, era un himno, un canto
de esperanza dónde los haya. Mientras su corazón atravesaba mares y
océanos éste se volvía azul, mientras cruzaba valles y praderas se
tornaba verde y cuando transgredía lo infinito de las cosas su color
desaparecía para envolverse de una luz que no tenía explicación.
Su corazón como si fuese una majestuosa ave volaba sobre una tierra
llena de hombres animales y desde allí observaba su porvenir. La
alegría lo inundaba al comprobar que nada era más cálido que los
rayos de un Sol que era madre y padre a la vez, al saber que saberse
era solo una pizca del camino que todos deben realizar sin importar
las circunstancias. Cuando su corazón alzó el vuelo ya nada ni
nadie pudo detenerlo porque él había confiado en él y éste latía
en pro de una elevación sin reservas, sin fisuras y sin dolor. Solo
cuando sus ojos se posaron en los de una niña pudo entender más de
lo que nunca hubiese creído, ella, al igual que todos los niños del
mundo, era la autentica heredera de todo y ella, al igual que todos
los niños del mundo, le era negada esta verdad. Nada poseía tanto
poder como esa mirada, nada hacía que se sintiese más generoso como
aquellos ojos que no pedían sino que regalaban sin más. Su corazón,
el cielo, el Sol y los ojos de aquella niña hacían de él un
antiguo hombre pájaro, un ser totémico que dejaba que el recuerdo
de cada una de sus células retornase para cubrir de esencia su ser.
Era algo diferente y diferenciado a lo común aunque bien sabía que
así comenzaba todo, recordando más que aprendiendo.
Cuando
su corazón alzó el vuelo...
…
ya nunca más volvió a ser el mismo.
Escrito y publicado por
David
Eón
Mi
vida no es como la de los demás. Hace mucho, muchísimo tiempo que
lo sé, en verdad siempre lo he sabido y la razón principal aunque
no la única es mi inmortalidad. Es un hecho nada circunstancial que
me ha acarreado muchos inconvenientes en los aspectos que se
relacionan con el corazón aunque como es obvio también han habido
ventajas en ello. He tenido que cambiar de nombre miles de veces y he
vivido en la mayoría de lugares de esta extensa tierra. He conocido
y me han conocido personajes de relevancia histórica aunque
reconozco que las personas anónimas han sido mucho más interesantes
en todos los sentidos. Recuerdo a Luhar, a Nosquio, a Deslio, a
Bethelsalí, a Navase, a Oligpon, a Friluh y a tantos que necesitaría
toda la tinta y el papel de este mundo para poder enumerarlos a
todos. Tengo que aclarar que la vida inmortal no difiere tanto cómo
se cree la gente de una vida mortal, la única salvedad es que
mientras ellos mueren yo no. La materia que me forma es como
cualquier otra pero mi esencia no y cada vez que muere mi “traje de
viaje” he de buscarme otro. En la mayoría de los casos he
preferido nacer cómo nacen todos los demás mortales aunque mi
conciencia ya estuviese desarrollada permanentemente. Nunca he
utilizado animales ni otras formas de vida, siempre he escogido la
forma humana por ser la más capaz de adaptarse a un mundo que cambia
rápidamente. Fui mujer las primeras mil veces pero sobrevivir a mis
hijos era un trago demasiado duro para mí así que decidí ser
hombre. He de confesar que hubiese podido elegir ser un hombre
poderoso y rico siempre que hubiese querido pero no era así porque
éstos, al contrario del pensamiento general, son seres con poca
libertad y sus vidas están condicionadas a pesar de poseer todo
cuanto necesitan y más. La pobreza es un problema para cualquier
mortal aunque yo la he preferido porque desde esta indigencia me ha
sido mucho más fácil vivir sin ataduras ni imposiciones. También
debo confesar que no soy el único inmortal que vive en este mundo
aunque la gran mayoría de ellos, por un motivo u otro, han renegado
de su condición y han acabado petrificados por decisión propia. Yo
he preferido vivir entre las miserias y las alegrías de los
mortales, pesasen lo que pesasen, fuesen las que fuesen porque
siempre he sentido que mi inmortalidad no era un vacuo poder y ello
me ha llevado a saber y a sentir que lo que más me gusta en este
mundo y en todo este tiempo es...
…
Vivir.
Por
cierto, mi nombre es Eón.
El pobre de papa
Papa
siempre decía que no nos dejaría nada una vez hubiese muerto. Nos
repetía hasta la saciedad que no éramos dignos de heredar sus
posesiones y que por mucho que nos esforzásemos a partir de ese
mismo momento, nada conseguiríamos de él. Nos hablaba de lo mucho
que había tenido que trabajar para amansar tanto, de lo mucho que
había tenido que sacrificar para llegar dónde ahora estaba y de las
infinidades de cosas que había tenido que hacer para llegar a ser el
hombre que era. Nos hablaba jactanciosamente mientras afirmaba que en
la tierra había muy pocos hombres cómo él. También nos hablaba de
nuestra madre cómo si fuese un objeto sobre el que tenía derecho de
propiedad y nos recordaba que el mejor día de su vida había sido
cuando ella había fallecido. Nos recriminaba el hecho de haberse
gastado tanto dinero en nuestra educación y nos advertía que todo
ese dinero debía ser devuelto por nosotros. Nos hablaba cómo si
nuestras vidas no nos perteneciesen y cómo si cada acto en nuestras
existencias se la debiésemos a él. Nos aclaraba que él era un
hombre hecho a sí mismo y que por mucho que lo intentásemos,
ninguno de nosotros llegaría a ser cómo él. Nos insultaba
continuamente y nos despreciaba sin importarle que hubiese alguien a
nuestro lado. No nos respetaba y no lo hacía, según decía, por el
simple hecho que nosotros no estábamos hechos de su misma pasta.
Hacía todo lo posible para mantenernos alejado de su persona y nos
miraba con resentimiento y desprecio por ser hijos de nuestra madre,
por ser la continuidad física de los rasgos físicos y de
personalidad de nuestra progenitora. Nos repetía que el dinero era
mejor que nosotros, que por lo menos el dinero le regalaba buenos
momentos mientras que nosotros sólo éramos una parte de su vida de
la que se arrepentía. Ninguno de nosotros tuvo nunca una palabra de
halago o ánimo muy al contrario, papa nunca perdía la oportunidad
de menospreciarnos y decirnos lo inútiles y desastrosos que éramos
y lo poco que seriamos en la vida.
La
verdad es que a nosotros nos entraba la risa cuando él nos hablaba.
Papa era un pobre hombre y le escuchábamos por respeto y porque se
lo prometimos a mama.
Por
cierto, papa nunca tenía dinero porque se lo gastaba en beber y
beber así que todas sus diatribas eran producidas por su estado de
embriaguez y nunca le hacíamos caso.
Simplemente
papa era un pobre y enano bastardo como nos gustaba decir a nosotros.
La Flor
La flor
que un día creció en mi jardín
era hermosa y aromática,
era carismática y cromática.
La flor
que un día creció en mi jardín
era de raíces felices
y de pétalos alas,
de dulce presencia
y de pasional esencia.
La flor
que un día creció en mi jardín
era amiga y amante,
era diosa y tentación,
de amor infinito,
de belleza perpetua.
La flor
que un día creció en mi jardín
sigue aquí,
en mi jardín,
en mi corazón,
en mi vida.
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