En la profundidad del suspiro de un hombre que suspira




Un hombre suspira caída la noche.
Su mirada perdida atraviesa el ventanal
y en la noche fría, se pierde.
Se puede entender que esta buscando algo pero no es así.
Se levanta y con paso adormecido abre la ventana.
Al momento, el aire frío de la noche le envuelve.
Siente el frío cómo un abrazo que irrumpe,
cómo un amigo con ganas de volverte a la vida.
Inspira.
Sus pulmones, en contacto con su nuevo medio,
reaccionan y se expanden aún más.
Sus ojos antes abiertos, ahora se cierran.
Sus brazos se extienden en forma de cruz
y sus palmas en forma de estrella.

Se descubre abrigado...
… en un frío amigo.



 

 
Cuerpo desnudo
suspiros en la noche
vidas envueltas

 



 

Un ser que habita




Riring Kontrol es un ser que habita en la delgada línea que existe entre el sueño y el no-sueño. Viaja a través de la energía que desprenden las personas que están a punto de despertar, entre el anochecer y la intuición del amanecer. No le es complicado brincar de tierra en tierra pues la humanidad esta repartida por millares en todas partes. Para los humanos este momento dura apenas unos segundos y al cabo de poco ya no se acuerdan aunque Riring Kontrol lo vive cómo un espacio de tiempo casi infinito. Dura mucho más de lo que él necesita y cabe aclarar que de cada uno de ellos sólo necesita una cosa, su tiempo. Es algo enrevesado de explicar aunque simplemente es así, tiempo es lo que necesita y tiempo es lo que le sobra. Entre el sueño y el no-sueño existen más especies que conviven con Riring Kontrol, todas ellas desarrollan su actividad en esa fracción de tiempo que es eterna para ellos y momentánea para nosotros. Es la relatividad llevada a su máxima expresión, es la dimensión desconocida más habitual y es algo que escapa a nuestra razón pues ella, en esos eternos momentos, no existe.

Yo conocí a Riring Kontrol un día que mi cuerpo dijo basta y llegó a los cuarenta grados. La fiebre estaba haciendo estragos y mi cabeza no era capaz de situarse en ninguno de los dos mundos, unas veces estaba en el sueño y otras en el no-sueño. Las puertas de acceso a estos mundos eran, debido a la fiebre, giratorias. Entraba y salía de un mundo a la velocidad del párpado. En uno de esos momentos, apareció Riring Kontrol vestido elegantemente y postrándose ante mí se presentó. Después me confesó que no sabía cómo había llegado hasta allí y que por favor le dijese cómo podía proseguir su camino ya que lo esperaban en un país americano que ahora no recuerdo. No sabía de que hablaba, no sabía quién era y no sabía si lo que estaba viviendo era real o no. Todo era muy confuso, mi pensamiento estaba ralentizado y todo acontecía a mi alrededor a cámara lenta. De repente y muy lentamente fueron aparecieron pétalos de flores de todos los colores movidos por un viento que no fui capaz de detectar. Me volvió a preguntar si le podía ayudar y le respondí que primero tenía que saber dónde me encontraba, él se rió discretamente y me contestó que estamos en mi sueño. Que todo, a excepción de él, era producto de mi mente. Le pregunté incrédulo cómo podía ser que sólo soñase en un fondo blanco y un precioso viento cargado de pétalos, es un sueño simple, le dije, eso debes respondértelo tú, me dijo acompañando sus palabras con una amigable sonrisa. Eso quiere decir que ahora estoy en paz, comenté, eso debe ser, me contestó. Riring Kontrol sin impacientarse y con una amabilidad exquisita contestó algunas preguntas más. Finalmente me disculpe pues no podía entender cómo podía salir de mi sueño porque no sabía cómo había podido entrar por mucho que me lo hubiese explicado. No importa, haberte encontrado me ha dado tiempo para entender que detenerme durante un tiempo indeterminado en un lugar lejano y desconocido te ayuda. Simplemente eso, te ayuda, a mí me ha ayudado y gracias a esto he podido comprender cómo proseguir mi camino. Perdóname Riring Kontrol pero no te entiendo, es normal que no me entiendas, tu estás sumergido en ti mismo mientras que yo vivo mi existencia en esta eterna franja que define el mundo que los humanos hacéis posible con vuestros sueños, me dice y añade, tú eres uno de los millones que componen mi vida al igual que yo soy uno de los millones que componen la vida de otros seres que viven en el mundo que existe entre mi sueño y mi no-sueño. Es así, la vida no es horizontal ni vertical, ni suave ni dura, la vida simplemente se asemeja a ella misma, es un poco de todo y a todas las escalas posibles. Una pizca de esto más un menos de aquello puede que resulte algo muy cercano, ¿no sé si me entiendes? Pues no, si te he de ser sincero, le respondí y era la verdad, no entendí nada de nada, todo era lento y me costaba entender más allá de lo obvio. No pasa nada, te dejo con este hermoso viento de pétalos, es un hermoso sueño, uno muy bonito para volver, me dijo a modo de despedida y simplemente pude decirle gracias antes que una nube inmensa de pétalos me envolviese de golpe. Al volverse a calmar aquel viento, Riring Kontrol ya no estaba. Se había esfumado, había encontrado la salida de mi sueño y ahora estaba seguro que viajaba por tierras lejanas conociendo a otros cómo yo, sumidos en un estado que no puede ser definido porque dura un instante o una eternidad, porque hay vida dentro de la vida y porque por mucho que intentemos, la magia de esa franja no esta reservada para nosotros, los humanos.

 

 

Teoría es cuando se sabe todo y nada funciona.
Práctica, cuando todo funciona y nadie sabe por qué.
(Anónimo)


Si estudio, no es por saber más, sino por ignorar menos.
(Anónimo)




Deódalo




Deódalo navega en la forma que emana de sacar un dedo de un
dedal. No es agua lo que sustenta su presencia e inunda su esencia
mientras surca, en lo más ínfimo del sentimiento, una realidad sin
precedentes ni porvenir. Deódalo agradece las caricias húmedas del
viento en su cara mientras sus ojos se diluyen en el horizonte. No
esta presente en el dedal ni en la forma que ha dejado el dedo
porque ahora se siente parte de ese ínfimo sentimiento de realidad
sin precedentes ni porvenir. Su mirada no miente. Y Deódalo
navega, surca los mares de los mares y aún así, todo existe en un
dedal. El horizonte, el fondo, la forma, todo existe en el superlativo
espacio que ocupa un dedal. Y el viento ayuda a avanzar. Y
Deódalo sigue ausente en el más allá mientras los susurros de las
olas acarician su viejo cascarón y le hablan de leyendas y besos, de
delirio y razón. No es capaz de pensar pues su pensamiento, al igual
que un viejo mueble, hace tiempo que se mudó, buscó un lugar
lejos de un dedal y de una realidad sin precedentes ni porvenir.
Deódalo no lo echa de menos, sobraba, se dice pero matiza, en lo
etéreo no sobra nada. Deódalo vuelve a esta consecución de
aconteceres y comprueba lo inmenso que es su particular e
inexplorado mar con forma y fondo definido y de la grandaria de
un dedal. Confía que el viento hará algo bueno para él, siempre que
navega contra el viento le pasan cosas buenas. Y sin pensar se
acuerda de aquella vez, en los mares de la Costa, que fue un viento
en su contra y de descomunal fuerza, lo que le ayudó a encontrar
su viejo cascarón. Este paquebote reformado y reparado que ahora
le esta permitiendo surcar...

… una realidad sin precedentes ni porvenir en lo más ínfimo del
sentimiento.




 
Deódalo,
hijo de Celesthia y Avisx,
marino de leyenda.


 



Absurdo




Ayer me fui. Me fui muy lejos, allá dónde los planetas giran y dan vueltas sin ton ni son. Un lugar que se asemeja más a un estado psicotrópico que a una realidad manifiesta y me dí cuenta que cuanto más avanzaba más vidas quemaba, las vidas giraban y ardían, una tras otra, nacimiento, crecimiento y muerte en una rápida sucesión de sucesos, una y otra vez. Finalmente llegué al lugar dónde los planetas giraban, al principio pensé que ya nada me sorprendería pero me equivoqué, vaya sorpresa. Sin darme cuenta ya volteaba alrededor de un sinfín de planetas que no paraban de hacer lo que estaban haciendo. En ellos el movimiento era natural mientras que yo resultaba torpe. Poco a poco mis vueltas se parecían más a las suyas hasta que una estrella cruzó, una estrella con tu nombre. Mi atención atomizada se evaporó y seguí a la estrella, la misma que llevaba tu nombre. Volví, tras ella, a cruzar lugares y estados y de nuevo volví a quemar vidas. Aunque suene raro en ningún momento me sentí absurdo, todo lo contrario, seguir a aquella estrella me estaba haciendo entender y comprender el movimiento que emana de todo lo que es visible y de lo que no lo es. La seguí y el movimiento estelar hizo agradables estragos en mi forma y mi estado.

Adónde me llevas, le grité pero la estrella no respondió.

Al final llegamos a un lugar sin viento, a un estado sin fricciones.

Ayer me fui.

Me fui muy lejos.

Mucho más lejos de dónde los planetas giran y dan vueltas sin ton ni son y aunque suene raro...

… en ningún momento me sentí absurdo.



Al terminar de leer



Acabo de leer la novela 51 preguntas que responde el corazón de Lilith Veig. Una novela con ciertos tintes románticos pero que se aparta de cualquier endulzamiento gratuito. La novela consta de tres partes bien diferenciadas, pasado, presente y futuro y en ellas las historias discurren cogidas de la mano. Las situaciones son de lo más diversas y en cada una de ella, un personaje se hace preguntas. Se las hace a su propio corazón y sorprendentemente, éste contesta. A mi me ha pasado que en algunas de las realidades que se ven inmersos los protagonistas, me he visto reflejado. He podido comprobar que si hubiese preguntado a mi corazón, éste me hubiese respondido lo mismo que acabo de leer en la novela de Lilith Veig. Las preguntas son consecuencia de las circunstancias que llevan a los personajes hasta situaciones cruciales en su devenir. Se sienten desamparados y fuera de lugar y tan sólo saben una cosa, sólo pueden confiar en su corazón. Las respuestas suelen ser claras aunque llevan consigo una carga de profundidad si el lector es capaz de leer entrelineas. Es muy sutil la estrategia que utiliza la autora para atraparte en esta obra de reflexiones propias y ajenas. Es un buen punto de partida para todas aquellas personas que alguna vez se han preguntado eso de, que hubiese pasado si...

Otro dato a destacar es la omnipresencia del gato Miaux. Un felino que con sus gestos y avisos desencadena situaciones del todo imaginativas. El gato Miaux tiene un papel relevante y respecto a su importancia en la obra es aconsejable no dejarse llevar por el movimiento endiablado de su cola pues esto nos haría perder la auténtica trama en estas historias tan reales cómo puede llegar a ser un corazón.

Me ha gustado y la recomiendo.

51 preguntas que responde el corazón de Lilith Veig.

Tan sólo queda decir,





Es un viaje corto



Es un viaje corto aunque en ese limitado trazado se encuentra un mundo. El blanco de los almendros, el verde de las hojas, el colorido infinito de las flores que adornan el camino. Avanzo junto al incesante trino de las aves que hablan de un primavera que esta al caer. Recorro una senda que se asemeja a otro lugar, a otra posición en esta esfera llena de maravillas y a veces unas ocas escandalosas me dan los buenos días. Un pequeño conejo me espera siempre en la tercera curva y puedo ver claramente cómo mueve sus pequeños bigotes a modo de saludo. Algunas mañana también me encuentro con el halcón, el mismo que sobrevuela el cielo sin necesidad de batir sus enormes alas, y sus maneras me reconfortan. Es un viaje corto, muy corto en una escala temporal de segundos, minutos y horas. Demasiado corto para lo que estamos acostumbrados aunque para mí es eterno. Es el momento dónde el movimiento se detiene, el tiempo no existe y la melodía lo invade todo. Es la respiración pausada, el movimiento sabido y la sonrisa al despertar. Es lo más parecido a un viaje estelar, es la última frontera y la primera y es lo consecuente en un estado de paz sin igual. Me muevo y a la vez estoy en reposo y calmado sigo sin percibir el evidente cambio. Puede parecer que nada cambia, puede hasta creerse que nada se mueve, ni yo mismo pero la verdad es que la transformación es manifiesta. La luz, las flores, las hijas, las aves y hasta las nubes hablan de una estación que esta llegando con toda su fuerza. El Sol lo afirma y las noches claras ya no son tan frías. Los animales lo saben, la flora lo sabe y yo, yo sigo en calma envuelto en una melodía que no me cansa ni me duerme. Mis pies y mis manos siguen haciendo de lo suyo a pesar que mi cerebro no esta allí, esta afuera, esta entre todos ellos a la vera de un nuevo día que me acoge y me reconforta. El olor es intenso, tanto o más que el color y de manos de su envolvente abrigo, me dejo llevar. Mañanas, tardes y noches hacen de esta senda un lugar sin igual, lo hacen sus maravillas, sus estampas de naturaleza viva y unos ojos que nunca se cansan de sentir.

Así es mi camino.





"La Felicidad es interior no exterior; por lo tanto no depende de lo que tenemos sino de lo que somos"
(Henry Van Dyke)


"Algunas personas escuchan su propia voz interior con toda claridad y actúan de acuerdo a ella. Esta clase de gente... enloquece o se convierte en leyenda"
(Anónimo)




Si la vida es agua (video)








La leyenda no cuenta



Cuenta la leyenda que en el lejano bosque de Lhas Maoon vivía un ser escurridizo. Un ser que nadie conseguía ver y que deambulaba entre árboles al silencio de sus pasos. Las Danmas Maoon le consentían y celebraban su compañía, siempre discreta, siempre querida. Su sola presencia lo hacía célebre y sus actos eran el pasatiempo preferido de los otros seres que, junto a él, moraban en el bosque. Su nombre, Dindíndalo. Su sangre, enraizada con la savia del bosque, es eterna...

Cuenta la leyenda que la Familia Roddif tuvo que huir de sus tierras y posesiones tras una revuelta de la nobleza encabezada por su archienemiga Familia Doglio. Tuvieron que escapar y después de mucho andar llegaron a los límites del bosque. El mismo lejano bosque de Lhas Maoon. No osaron entrar, por miedo, por desconfianza, quién sabe. Una mañana, el joven hijo de la familia descansaba en un lago cercano al campamento. El agua fresca era un auténtico espejo natural y Basdo, este era su nombre, no pudo resistirse y vanidoso cómo era, se miró en el agua. Por casualidades del azar, Dindíndalo, había dormido en el límite sur del bosque, justo dónde crecía el lago y justo dónde el joven Basdo y su desterrada familia, habían acampado. Tan pronto se desperezó y posó sus ojos en el joven, se enamoró. Su latido se aceleró ante los pensamientos de deseo y pasión que despertaban en su ser, recordemos, ser escurridizo y eterno. Dindíndalo perdió la cabeza por Basdo. Por amor ciego se entregó a él y renunció a su amado Lhas Maoon. Le ayudó a recuperar sus tierras y expulsar a la Familia Doglio y a sus cómplices. Acrecentó su poder más allá de los límites originales, sofocó rebeliones y mientras, el ávido de poder de Basdo, aprovechó e instauró un nuevo y más férreo régimen. Su ambición estaba sobredimensionada con el poder que confería Dindíndalo entre los humanos. Su fuerza era descomunal y era invencible ante cualquier ataque. Hacía lo que le pedía el ahora Rey Basdo. Su ser, antes tan escurridizo y ahora tan tangible, sólo vivía para y por su amado. Le deseaba y nada más le importaba, Dindíndalo siempre salía de Palacio entristecido por su marcha hacía el campo de batalla mientras que el Rey se sentía satisfecho por su ausencia. Y así se lo hizo saber a la vuelta de una sus contiendas. La bonita historia de amor entre un hombre y un ser del bosque se había terminado, no había vuelta atrás. Apenado volvió a su tierra y a su paso vio la destrucción y el odio que él mismo había generado en este tiempo. No se podía creer todo el daño que sus actos habían inferido y así fue que sus lágrimas le abrigaron día y noche durante muchos días. Su alma se rompió al llegar a su casa. El bosque estaba talado. El Rey lo había perpetrado a sus espaldas. Le dolió pensar en ello. Buscó su lugar preferido en el bosque pero solo encontró un mar de troncos talados y arrancados de raíz. Dónde creyó ser su lugar se acostó y durmió. Dindíndalo durmió durante doscientos años y al despertar, bajo toneladas de tierra que habían formado una hermosa loma de suaves lineas, se encontró en un hermoso bosque de altos y centenarios árboles. Las Danmas Maoon estaban de vuelta y se mostraban felices de encontrarlo. Sus días no habían cambiado y Dindíndalo se conmovió ante sus atenciones. Todo era cómo antes y no osó a preguntar. Así pasaron cien años más y Dindíndalo vivió muchas cosas y junto a las Danmas Maoon y otros seres del bosque, creció y se fortaleció aún más. Siguió creciendo y poco a poco se hizo menos escurridizo y más cauteloso.

Cuenta la leyenda que finalmente sus recuerdos sin tiempo se acabaron fundiendo en las copas de los árboles entre el verde mar y al abrigo cielo.

Dindíndalo sigue en algún lugar que...





Recomendaciones en letra pequeña



Suena el pasodoble y no sé si es la emoción por oírlo o las altas dosis de alcohol en sangre pero ahora mismo me encuentro brincando muy lejos de mi alma. Todo esto es surrealista, hasta lisérgico podría decir aunque en este caso no me atreveré. Lo dicho, todo muy surrealista, cómo inmerso en algún cuadro cubista del bueno de Dalí y sin voluntad, a lo mucho un brinco entre nubes de mariposas y cielos color turquesa. No sé si es mi estado o el lugar pero el pasodoble se ha difuminado y aunque ahora las ondas vibren a sintetizador, con Stylo se puede ir a todas partes. Con Melancholy se puede rodear un Universo. Me veo abocado sin remedio, con ligera pausa y mucha onda a un estado sin forma ni materia. Los altos niveles de la sustancia que ahora mismo recorre mi sangre y activa mis neuronas me esta provocando más de lo indecible. Parece que escribo pero no estoy seguro, todo aparece en una hiperrealidad sonora que funde los contornos y diluye la base. Es algo ajeno por naturaleza pero sumamente confortable para un viajero sin dinero ni frente. Estos momentos, si son ciertos, son de un simpleza total, no se asemejan a pensamiento ni acción, son más bien el arco que conforma la cúpula de una frontera, tu última frontera. De repente un negro da un grito sonoro y consistente que pone en orden lo que por esencia es caos, extraña manera de salir del turquesa y entrar en el ámbar. Ahora que lo pienso, si pensar es imprescindible, que lejos queda aquel pasodoble que debido a la emoción o a las altas dosis de alcohol en sangre me ha hecho brincar. A cada nota más alto o más bajo según se quiera mirar, a cada compás, una pirueta y así los cielos colores han amanecido. Con Stylo. Y aunque suene extraño, desde este punto la ciudad, ese lugar de personas perseverantes y nada díscolas, se dibuja en un hipotético horizonte. Parece que el camino llega a su final. Me siento más pesado y escucho un trino lejano, de la misma especie que mora cerca de mi morada. Definitivamente estoy volviendo. En mi mente todo converge, ahora la hiperrealidad es máxima. Ya llego. Mis manos recuperan su fuerza y mis ojos vuelven a su estado natural, es el más claro síntoma que mi llegada ya ha sido anunciada en la Terminal 3, viajes no programados. Me enciendo un cigarro. La primera calada me devuelve a una realidad conocida y desconocida por partes iguales y compruebo cómo este cielo de ahora no es turquesa ni ámbar, es amarillo y azul, es calma y paz. Le doy otra calada al cigarro y al momento una voz me dice, bienvenido y gracias por utilizar la Terminal 3, viajes no programados. Al girarme los ojos casi se me caen de sus cuencas, me esta hablando un elefante, una elefante para ser exactos, su blusa, su falda, en definitiva su uniforme, con gorrito incluido, la delatan claramente, es una azafata de vuelo. Gracias, es lo único que consigo responder, chico, se nota que no eres de la ciudad, los de aquí no son tan educados y por supuesto no visten cómo tú. Ante mi silencio la elefante me indica que siga la flecha verde que me llevará a la salida. Gracias, consigo decir de nuevo antes de que ella desaparezca tras entrar en el baño.

Estoy en la cocina, tengo un cigarro a medio consumir, un café aún caliente, un pijama arrugado y una cara de no entender nada que debe ser digna de mención y mofa. Ahora mismo no sé nada de Stylo ni Melancholy y me siento aturdido por la situación vivida, una elefante, no me lo puedo creer. ¿Y dónde esta esa flecha verde?

Miro por la ventana y el cielo es ámbar.

Doy la última calada al cigarro. Y un sorbo al café aún caliente.

 

 


Se recomienda
leer la letra pequeña
antes de embarcar.




Certeza natural



Sacada de su medio natural se sentía torpe. Nunca hubiese pensado que haría tantas cosas que un día antes se había prometido no hacer. Esta circunstancia le había pasado miles de veces y confiaba que la próxima vez que ocurriera por fin conseguiría poner de acuerdo a su pensamiento y a sus acciones. Le costaba ir a contracorriente y más si esta corriente era ella misma. Sentía que había pisoteado demasiados principios, demasiadas normas que la mantenían a flote a pesar de sentirse siempre a la deriva. No es que no estuviese bien consigo misma, era más bien una cuestión de evolución propia mal definida. Pensaba que de más joven seguiría una senda más o menos definida en su interior pero el tiempo le había demostrado que las cosas no siempre eran cómo una las piensa. Algunos de los principios más fundamentales habían sido modificado de tal manera que le costaba recordar cuales habían sido en realidad. El tiempo y más concretamente su corazón le habían enseñado que nada es cómo parece ser, que a veces las cuestiones y los sentimientos cambian, no tanto por su voluntad, sino más bien por una cuestión que se asemeja a la supervivencia. Todas estas cosas la lleva a pensar en sus relaciones pasadas, en Lucas sobretodo, un simpático joven que le hizo pasar los dos años y medio más felices de su vida. Al final él también desapareció de su vida y aunque ella lo ha seguido recordando con amor, siempre ha sabido que separarse fue la mejor solución para lo que les estaba sucediendo. Habían pasado los años y alguna que otra relación aunque ella no conseguía olvidar aquellos buenos momentos, el descubrimiento del amor, el placer de mujer, sus caricias y mimos y sobretodo su voz, no podía olvidar esa voz que la reconfortaba y que le transmitía una paz que se aposentaba en su misma alma. Todas las circunstancias que le acompañaron después de esta bonita relación le llevaron a pensar en una máxima que se repetía en su vida, sacada de su medio natural se sentía torpe. Se preguntaba a menudo cual era su medio natural, simplemente se respondía, la vida. Era una mujer práctica y sobradamente inteligente para ocuparse de los asuntos cotidianos de su vida y trabajo aunque si el tema a tratar era su corazón, las cosas cambiaban, adquiría un tinte diferente y todo se volvía confuso y extremadamente sensible.

Se sentía torpe, no podía resolver esta certeza...

… cuando no era su medio natural.



Si la vida es agua



Uno nunca sabe que momentos se quedan grabados en su mente. La mente y más concretamente la memoria parecen regirse por unas leyes del todo aleatorias. Están sujetas a cambios constantes y sus resultados son del todo imprevisibles. A veces es sorprendente la de detalles que puedes recordar después de años y sobretodo la sensación que viene asociada a esa visión mental. Toda esta explicación se produce por una visión. Un niño sentado en un antiquísimo pupitre mirando a través de una gran abertura en la pared de madera y contemplando la lluvia mientras su profesor esta dando la lección. Sus ojos están perdidos entre el sonido insistente del agua y la atmósfera húmeda que impregna la clase. No es capaz de escuchar todo lo que pasa a su alrededor, esta mirando a la lluvia y su mente sigue sumergida. En su fuero interno desea una cosa más que nada en el mundo, quiere salir y empaparse del agua que cae con fuerza. No siente ni frío ni calor, no sabe si va vestido o desnudo, tan sólo mira el agua mientras sus cinco sentidos se fusionan en la dulce melodía en forma de lluvia. Es un niño solamente y no es la primera vez que le pasa pero desde que llegó a esa escuela, ya hace tres semanas, las cosas no siempre han ido bien. Ahora el agua le ayuda, le recuerda a su antigua casa, a sus antiguos amigos y a su antigua vida. Mira el agua caer y siente que es él mismo quién cae también. Esta sumergido en esta visión y su mente vaga en una calma permanente. Todo el tiempo ha estado ausente aunque hay que decir que nadie ha prestado atención a este niño que mira fijamente la lluvia sin saber exactamente porqué. El niño ahora no es consciente de la magnitud de su visión, que lo embarga y lo mantiene suspendido en un estado de conciencia expandida, es una de sus primeras experiencias con el agua. Cabe decir que el día para el niño siguió cómo cualquier día lectivo de un niño en una escuela rural. No le dio importancia cómo no le dio importancia a lo que el profesor estaba explicando en esos momentos pero curiosidades de la mente y más concretamente de la memoria, de una cosa se acuerda y de otra no. La lección del profesor ha caído en el olvido mientras la otra, el agua, la sigue viviendo cómo una realidad propia.



uno nunca sabe cuanta agua
es capaz de vivir.


Jaime Sabines







UNO ES EL HOMBRE



Uno es el hombre.
Uno no sabe nada de esas cosas
que los poetas, los ciegos, las rameras,
llaman "misterio", temen y lamentan.
Uno nació desnudo, sucio,
en la humedad directa,
y no bebió metáforas de leche,
y no vivió sino en la tierra
(la tierra que es la tierra y es el cielo
como la rosa, rosa pero piedra).

Uno apenas es una cosa cierta
que se deja vivir, morir apenas,
y olvida cada instante, de tal modo
que cada instante nuevo, lo sorprenda.

Uno es algo que vive
algo que busca pero encuentra,
algo como hombre o como Dios o yerba
que en el duro saber lo de este mundo
halla el milagro en actitud primera.

Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,
fácil y rigurosa y verdadera
toda intención de amor que nos habita
y toda soledad que nos perpetra.
Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende
—alegría y dolor— toda presencia;
el corazón constante, equilibrado y bueno,
se vacía y se llena.

Uno es el hombre que anda por la tierra
y descubre la luz y dice: es buena,
la realiza en los ojos y la entrega
a la rama del árbol, al río, a la ciudad
al sueño, a la esperanza y a la espera.

Uno es ese destino que penetra
la piel de Dios a veces,
y se confunde en todo y se dispersa.

Uno es el agua de la sed que tiene,
el silencio que calla nuestra lengua,
el pan, la sal, y la amorosa urgencia
de aire movido en cada célula.

Uno es el hombre —lo han llamado hombre—
que lo ve todo abierto, y calla, y entra.
De: Otro recuento de poemas




Okuribito

                     



                     





"A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo,
dos corazones en un mismo ataúd"

(Alphonse de Lamartine)



"La muerte no es más que un sueño y un olvido"

(Mahatma Gandhi)



Palabras al azar



Una mano amiga. Un abrazo. Una voz pausada que calma. Unos ojos que ven tu interior. Un día soleado. Una brisa de mar. El trino de las aves. El vuelo del halcón. Las luces al anochecer. El silencio de las estrellas. La música del Universo. La humanidad en todo su esplendor. La insignificancia hecha verdad. Las hojas de un libro viejo. Lo anciano de un niño. La inconsciencia de los advertidos. La timidez del rayo. Las nubes que sonríen. Los bosques bañados de plata. Las bocanadas de un aire frío. Las orejas sin tapar. Los adverbios en lugar de los adjetivos. Las formas que dan contenido. Los muchachos persiguiendo a las jóvenes. Los arquitectos sin paladar. La linea de flotación. La descomunal energía del Sí. El sabor de un beso de Amor. Los dedales de Dédalo. Las virtudes del violín. Las melodías de la sábana. La riqueza del Alma. La inmensidad de la mujer. La pobreza del solitario. Lo nocturno en el Ártico. Las grandilocuencia del ventrílocuo. La aridez en Panamá. Las bellotas del jardín. Los motores de un avión. Las alas del albatros. Los deseos de un entrepierna. Las butacas del pesar. Los anhelos del guionista. La saliva de los enamorados. El niño que corre. La mosca que huye. La verdad de lo pasado. La vendimia del Don Juan. Los alvéolos del inoperante. La astucia de D´Artagnan. Lo esponjoso de la selva. La flauta sin razón. Las ciudades destruidas. Las lágrimas sin parar. Los verbos del paisano. Las erratas del salar. El orgullo del destino. Los pies que no dejan de bailar. Las luces sin sombras. La amistad sin deshojar. Los soldados sin fusiles. Las vainas sin olvidar. Las Lolas con sus vestidos. La danza del pisar. El Coloso fuera del parque. Las manías sin maquillar. La idiotez sin apellidos. El sinsentido por hablar. La soledad sin refugio. La esencia por desentrañar. Los cojines sudamericanos. Los cigarros de liar. Las máquinas sin pasos. Los Fiordos que almidonar. Las libélulas sin alas. Los cangrejos al despertar. El sonido de la abeja. Los dulces sin respirar. La amiga que desespera. Los Sueños por realizar. Las cosas que no dejan huella. La arena blanca sin soldar. Los dientes milimétricos. Las enseñanzas del podar. La americana de tweed. El japonés que ríe. El Desierto sin aliento. Las voces del sonido...

Un saludo sin pensar.

Palabras al azar.



 
“Lo que te dicte el corazón, es la única verdad
sobre la que nunca te cuestionarás”
(David)



Hoy y Siempre



Hoy,
un ángel me ha sonreído,

hoy,
el deseo de los deseosos
se manifiesta
en la ternura de unos ojos,

hoy,
los rizos dorados y sedosos
toman forma
para acercarnos
a la belleza de los antiguos,

hoy,
el orondo cuerpo,
la alegre sonrisa,
la suave piel
y
la inmensa energía
poseen un brillo especial,

hoy,
el delicado y decidido cuerpo
se transforma
en una plática magistral,

hoy,
un ángel me ha sonreído
cómo ayer, cómo mañana
y
siempre.



Escritor anónimo



El joven escritor hacía todo lo posible para llevar a cabo sus anhelos y su manera de escribir no siempre era la misma. Le gustaba cambiar, componer de un modo diferente la forma y el contenido en busca de nuevas fronteras que hicieran de él un ser más amplio, más profundo y a la vez más cercano. No escribía con la esperanza que lo leyesen pues esa tarea no dependía de él, sabía que los gustos al igual que los colores son libres y sobre ellos no hay modo de influir. Tan sólo escribía porque le gustaba escribir. Se sentía bien si de su mente alocada sacaba cuatro palabras que le llegaban al corazón, ese mismo corazón que no paraba de cabalgar por los más diversos hábitats del sentimiento. Poseía poca cultura literaria en comparación con otros a los que tanto admiraba ya fuesen reconocidos escritores o anónimos cómo él. Su amor a las letras no tenía etiquetas porque en su búsqueda incesante de la belleza, del arte en estado puro las fronteras o las metas no existían. No se desanimaba fácilmente aunque a veces pasaba temporadas en que sus escritos no le servían más que para su necesaria práctica diaria. Leía ávidamente y lo hacía cómo hacen las cosas los niños, con ilusión y sin esperar nada a cambio aunque de ello habría que decir que recibía mucho más de lo que pensaba en un primer momento. Se pasaba semanas absorto en una historia, la componía y la descomponía, la estructuraba y la desestructuraba y así pasaba su tiempo de letras y luces. Había tenido la suerte de conocer a varios escritores y poetas de cierto renombre y en ellos vio lo que tanto anhelaba, un brillo especial en sus ojos que reflejan una virtud fuera del alcance de la mayoría de individuos que merodean por este mundo. Letras que a fuerza de trabajo y una pizca de inspiración surtían efecto en lo más profundo del ser, letras que eran capaces de cambiar y aposentarse en ese sitio dónde todos poseemos pero pocos están dispuestos a admirar. Uno de ellos, un poeta al que especialmente admiraba, le había confesado después de una conferencia que el trabajo de escritor es duro, mucho más duro de lo que la mayoría de gente piensa. Todos creen que escribir es fácil pero no es así. Nadie, a excepción de los propios escritores, reconocidos o anónimos, sabe de la dificultad que entraña transmitir con el único medio que es la palabra. Le confesaba que escribir era cómo crecer, que por muchos años que siguiese haciéndolo, vivir o escribir, nunca se acababa de aprender. Este joven escritor anónimo e ilusionado seguía su camino sin importarle otra cosa que no fueran las letras, las mismas que salían de su interior aún sabiendo que una vez que las dejaba plasmada en papel, ya no eran únicamente suyas. Le gustaba observar cómo unas simples grafías, cómo un código establecido de antemano era capaz de expresar tanto y tan diverso y podía generar tantos sentimientos. Las letras, cómo toda expresión artística están llenas de ricos matices y eran justamente esos matices lo que él buscaba con su práctica diaria. Los hechos que explicaba no eran más que burdas excusas para un fin mayor, la consecución de unas letras que reflejasen fielmente lo que su corazón tan intensamente sentía. Este joven y alocado escritor sabía mejor que nadie que su obra estaba falta de todo aquello que era bello en las letras, que escribía desde unos cuantos miles de peldaños más abajo de lo que se podría considerar cómo lógico y normal pero aún así y junto a sus ansias de querer y su fe ciega en el poder, seguía su labor sin perturbarse por los continuos y desastrosos escritos que emanaban de su pluma. No era una cuestión de hacer era más bien una cuestión de ser. Sus letras, sus manos, su cabeza y su corazón se desarrollaban a medida que el tiempo y la práctica seguía. No era ambicioso respecto a lo que la mayoría ambicionaba, era más bien que en ellas había depositado su vida y su búsqueda. En ellas se reflejaba su ser caótico e irresponsable, su manera díscola y variopinta y su saber superficial e intrascendente.

En ellas se depositaba su ser. Siempre cambiante, siempre diferente...

… este era el escritor anónimo.



 
"Las palabras constituyen la droga más potente
que haya inventado la humanidad."
Rudyard Kipling

"Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se

trate, sino la música que hacen las palabras."

Truman Capote



"Somos lo que hacemos repetidamente.

La excelencia, entonces, no es un acto.

Es un hábito."

Aristóteles






En detalles


Hay detalles que uno puede ver de si mismo que no por ser cotidianos dejan de ser menos elocuentes. Puede observarse en un ínfimo detalle su carga elemental y su estado, básicamente anímico. Concretamente, el propio. En términos de energía no es mensurable por ínfimo sí es posible decir que un detalle no posee ese adjetivo por defecto. En términos de escala temporal resulta vago. No tiene un tiempo estipulado y a cada personas le dura lo que le dura. El espacio que nos envuelve es su medio natural y los detalles, cómo otras cosas en la vida, se ven reflejadas en lo que cada día te encuentras. Se puede hacer una lectura. Objetivamente parcial. Se podría escribir sobre ello. Los detalles conforman un todo, te explicaría el artista o el filósofo. Los detalles son la clave, te aseguraría el economista.

¿Pero que son los detalles?

Pues igual que pasa con la escala de tiempo, los detalles no se identifican con nada en especial. Cada uno ve detalles de si mismo que cambian, que se acercan y se alejan de un punto determinado. Sin avisos. Detalles en formas de hablar, de escribir, de decir, de callar, de pensar, de soñar...

Hay detalles que se podrían definir cómo más personales, más propios de cada uno. Son los llamados detalles de cuerpo entero. Son detalles cotidianos que te acompañan durante un tiempo y un día desaparecen. En el transcurso de vuestra vida conjunta hay centenares de momentos dónde el detalle resultó ser decisivo. Oportuno, si se quiere decir. Ahora, ya desaparecido, su enseñanza perdura. Un detalle puede ser frágil o llegar a ser un hecho distintivo. Una prolongación de nosotros mismos. De nuestro interior a menudo más codificado.

Cómo detalle personal más inquietante está, por ejemplo, uno que hoy en día aparece diluido por la cotidianidad, el de las personas que llevan sombrero. En este tiempo han sido objeto de estudio por etse detalle fundamental y propio, que es taparse a voluntad la parte alta de la cabeza, y sólo han conseguido encontrar un mar de incógnitas. Hay expertos que dicen que se ocultan tras esa tapadera, otros que así es cómo se manifiestan su manera de ser sin atisbo de convencionalismos. Unos más atrevidos en sus elocuencia exponen que las personas que usan sombrero, gorro, gorra, bonete, bombín, chapela, chistera u otra prenda por el estilo carecen del sentido del ridículo o por el contrario padecen en exceso del él.

Sobre detalles y sus múltiples formas, todo el mundo opina. Nadie sabe de su verdadera naturaleza pero acaba formando parte de ti. Un color, unas formas, un mover las manos, un mirar, un cómo te colocas los zapatos, un que bien hueles, un pájaro camino al trabajo, un perro que te da unos sustos de muerte al volver. Los hay variados, cómo personas hay en el mundo. Unos más visibles otros menos. Todos tenemos detalles, todos poseemos una gran cantidad y en muy diversa escala.

A mí, me gusta ir con la cabeza tapada. Me gusta afeitarme y eso provoca que la temperatura ambiente se muestre en toda su crudeza sobre mi piel rasurada. Ya sea invierno o verano. El frío provoca en gente cómo yo que pronto echemos mano del gorro, gorra, sombrero o cualquier buena tapa para la azotea, la sentimos cómo una necesidad. Una tapadera te enseña más de lo que puede aparentar. Lo primero es hacértela tuya, es salir, voltear, rular, callejear y rumiar viento a la vez. Ahora, la mía, ya habla. Me habla sobre detalles, suyos y de otras prendas que uso y que frecuento. Es una charla de revelaciones y silencios. Cuando se siente bien, la visera apunta al cielo pero si en cambio se siente un poco abatida o cansada, la visera cae hacía abajo. La tapadera o gorro, gorra, sombrero o bombín que lleves puesto sobre tu cabeza acaba por decirte. Es cuestión de querer escuchar.

Nada en especial pronuncia.

Tan sólo te habla cómo sabe...





Recuerdo, no más



Afuera llovía. Era un día gris, uno de esos en los que el cielo de color plomizo parece que se vaya a caer de un momento a otro sobre nuestras cabezas. No me acuerdo si era miércoles o jueves aunque bien pudiera ser que fuera sábado, la verdad es que no me acuerdo. Lo que si recuerdo es que ese día era uno de esos típicos días de inviernos dónde apetece estar en casa, encerrado y con algo caliente entre las manos para poder soportar mejor las bajas temperaturas. Me preparé un café y me senté en en mullido sillón encarado hacía un enorme ventanal que domina mi comedor. La visión de un día gris se asemejaba mucho a mi estado de ánimos. No es que estuviera triste más bien es que me sentía apagado, cómo ese día. No percibía el color dentro de mí cómo no lo veía en todo el paisaje que me rodeaba. Tampoco es que me faltaran las fuerzas sino es que éstas se mantenían aletargadas bajo un manto que a día de hoy aún me cuesta definir. Era uno de esos días dónde es mejor no hacer porque nada parece que vaya a salir cómo uno tiene pensado aunque no sepas bien la razón. Intuición, supongo. Miraba cómo el manto de nubes grises cubría el cielo y sentía en en mi interior algo también me estaba cubriendo. No era tristeza, no era pena era más bien una sensación que me envolvía cómo lo estaban haciendo aquellas nubes con una tierra que era la única que había conocido. Sensaciones que me recorrían mientras el café me sabía mejor que nunca. Me parecía estar viviendo una de esas estampas tan invernales que se dan en tantos países norteños y que poco tienen que ver con los sureños, más bien cálidos y soleados. Parecía que no pasase el tiempo allí sentado disfrutando de mi café y de aquella visión matutina. La música me envolvía y el café me calentaba y en esos momentos no había nada que me importase. No tenía pasado, no tenía futuro porque lo único que había era presente. Una realidad que me acunaba entre oscuras nubes y aromáticos sabores. Me sentía en paz aunque ésta no fuera igual a la que sentía tantas veces en el transcurso de los días. El día había amanecido diferente, apagado y frío y aunque por unos momentos yo me sentí igual recuerdo que a medida que iba tomando mi café y dejándome llevar por aquella estampa, las cosas estaban cambiando. Muy poco a poco pero estaban cambiando. No podía ver cómo se movían aquellas nubes pero sabía que se movían, siempre se movían y era justamente esto lo que me parecía a mi de mi mismo, que aunque parecía que no me movía, me movía. Sin dirección, sin orden pero con pasión, una pasión que nacía de las pequeñas cosas que componían mi vida. De repente se acabó la música, me levanté y apagué el reproductor. Me dirigí a la cocina y me preparé otro café a sabiendas que éste no estaría tan bueno cómo el anterior. Era una sensación que se volvió realidad tan pronto le dí el primer sorbo. Volví al comedor y de pie volví a mirar por la ventana, las nubes seguían igual, los colores eran los mismos y el frío era igual de intenso que hacía unos momentos y yo había dejado de ser el mismo.

Recuerdo todo ello cómo si fuese la estampa de un momento que no volverá, cómo la manifestación de algo que se perdió en el camino y que no volverá.

Recuerdo, no más.


" El viento de la realidad no había apagado la llama de su corazón"
(Haruki Murakami)




Sobre el papel




Porque es tan fácil si se piensa en ello un poco
y
resulta tan complicado si no se tiene en cuenta.



Un día de primavera



Parecía un día de temprana primavera pero no lo era. Me senté en la arena, húmeda aún a esas horas y me dejé llevar. El mar estaba en calma y el Sol acababa de salir por el horizonte sin fuerza aún en sus rayos. Rodeado de silencio y ante aquella estampa sentí cómo mi cuerpo se relajaba por momentos. Hacía tanto que no hacía algo así que me resultaba imperdonable no haberlo hecho antes. Mis ojos miraban a un Sol aún anaranjado que aparecía cómo cada día para iluminar la vida de los mortales. Mis manos se posaron en la arena, cómo buscando instintivamente la fuente de toda vida, cómo queriendo amarrarse a lo que era seguro en esta existencia, la tierra que pisamos cómo lo era el cielo que nos cubre. Aquí y allá aún se veían algunas estrellas pero su brillo se iba disipando ante el emergente fulgor del astro rey. Era una playa larga, muy larga, la más extensa que había conocido y en ella no había nadie, excepto yo. Miré nuevamente al mar y éste, ausente ante mi presencia, seguía en su perpetua calma. Lo envidié. Respiré hondo y el aire fresco de la mañana inundo mis pulmones, aire nuevo, aire bueno para abrir algo más que mis alvéolos. Mi pensamiento se relajó aún más y todo lo que hacía un momento me perturbaba estaba desapareciendo poco a poco. Posé mis ojos de nuevo en el mar y en el horizonte y me dejé llevar por aquella calma y aquel silencio que parecían eternos. No existía pasado ni futuro para mí, ahora sólo estaba yo y mi presente, un presente en calma que lo representaba aquella estampa matinal que tanto añoraba. En un momento determinado mis ojos se posaron en la lejanía. Me pareció distinguir una figura, era pequeña pero después de mirar atentamente durante unos segundos comprobé que efectivamente no estaba sólo en la playa. Una silueta estaba recorriendo la orilla, allá en el fondo, en el lugar dónde mis ojos casi no alcanzaban a ver. Me pareció en un primer momento que se acercaba pero finalmente resultó que se alejaba. Tuve una clara sensación. Era ella. Ella había vuelto a la playa que un día nos vio nacer y ahora la estaba recorriendo. Se alejaba de mí. Sus pasos se encaminaban hacía el infinito, hacía un lugar dónde yo, por mucho que me esforzase, no vería. Mi cuerpo se estremeció y un escalofrío me recorrió. Tuve ganas de levantare e ir corriendo hacía ella pero no lo hice. No podía. Sus pasos se alejaban y yo permanecía quieto en una parte remota de una extensa playa. Nuestros pasos que un día estuvieron a punto de caminar juntos ahora de separaban. Ya no había marcha atrás. Ella proseguía su camino y yo permanecía sentado. Dos formas de entender las cosas, dos formas de vivir simplemente fue lo que pensé. Mis ojos se empañaron en lágrimas al instante e hice un esfuerzo para no romper a llorar. No debía estar triste, debía estar contento por ella, por mi y por todo lo que una vez fue y no volvería a ser. Mis ojos se volvieron a posar en el mar. El Sol había avanzado en su elipse diaria y ya podía sentir cómo sus rayos me calentaban el cuerpo. Volvió la calma, volví a mí. Me pregunté si estaba haciendo bien pero no osé a responderme, no podía y no valía la pena después de tanto. Las cosas que pasan en la vida son para disfrutarlas y no para preguntárselas, me dijo alguien una vez y ahora esto tenía mucho sentido para mí. Volví a mirar y la figura estaba a punto de desaparecer. Volví a respirar hondo, esta vez lo hice tres veces, cómo mandan los cánones y me relajé un poco. Ya nada podía hacer. Ahora tan sólo quedaba yo. Yo y mi vida. Mi vida y yo. Mis manos cogieron algo de arena y jugaron con ella, sentí su aspereza y esto me recordó a aquel pensador hindú que decía que la vida era cómo la arena, que cuanto más quieres atraparla más se te escapa. Mis ojos volvieron al mar, el mismo que seguía en calma a pesar de la hora que era. No volví a mirar hacía dónde ella había desaparecido, no quería ver su marcha, no quería verla partir aunque esto era realmente lo que estaba pasando. Ella ya no volvería y yo lo sabía. Yo no volvería y ella lo sabía. Me estiré en la arena y dejé que todo lo que había sido entre nosotros se diluyese.

Nunca nada volvería a ser lo mismo.

Nunca volverían tantas y tantas cosas buenas cómo antaño, lo sabía, lo sentía y así lo estaba viviendo...

… en aquella mañana que tanto se parecía a un día de primavera.


 

Caminos



Los angostos caminos que recorre un hombre para encontrarse

son los mismos

que las llanas planicies que utiliza para salvarse.

(David)




Éste, nuestro navegar



Navegamos a favor del viento. En nuestro barco. Las olas, pequeñas y silenciosas a esa hora de la mañana, cuando el Sol aún retoza con su amante Horizonte pero sus luces ya se empiezan a intuir, golpean caprichosas nuestro cascarón. Cómo avisándonos del nuevo día, de las olas que vendrán y los momentos que se vivirán. Allí. En la cubierta del barco. Navegamos a favor del viento y cortamos el mar sin apenas notarlo, es una caricia que intentamos hacerle llegar. Estamos con él, entre él y en él y a este Mar inmenso, insondable y sonoro es dónde nos abandonamos. Ya despunta el perezoso Sol que en un cielo sin nubes, nos descubre sus múltiples colores en su forma más bella. Amanece en el Mar. Nos dirigimos a quién sabe dónde. Sin rumbo, sin prisas, con pasión. Un viaje rápido o lento, tan sólo el viento de la realidad lo puede saber. Navegamos a favor del viento. Con las velas desplegadas, ondeando a un viento que no sopla sino susurra, seguimos. Sin prisas, a favor del viento. Silencios en forma de agua surgen a nuestro alrededor. Ahora nuestra caricia se hace más tenue, aceleramos nuestra navegación pues el Sol arrecia a un viento que hasta ahora parecía medio dormido. Deslizo mi mano sobre el agua, miles de diminutas gotas de agua salen despedidas. Miles de arco iris bailan felices sobre un mar que nos sostiene y protege, que nos cuida y mima y que no sopla sino que susurra. Navegamos a favor del viento. En nuestro barco. Surcamos el mar y nuestro barco esconde su sombra. Lejanas aves nos miran y luego siguen su vuelo. Las olas golpean con fuerza el barco en un radiante día de Sol. El viento nos lleva. El timón sigue roto y las andaduras aún por hilar. Miro nuestra estela sobre el agua. Es blanca y podría jurar que es cálida y suave. Navegamos en un lugar que está lleno de ancestral significado, de materia prima en estado puro y el viento nos acaricia sin cesar. En nuestro barco.

Cae la noche y el mundo desparece en un mar de estrellas. El agua en calma imita un cielo que parece infinito y nuestro barco en medio de aquel universo de estrellas. Estrellas arriba, estrellas abajo.

Sin olas, sin viento, con sueño en una noche cálida y maravillosamente silenciosa.

Navegamos...

en realidad.