En detalles


Hay detalles que uno puede ver de si mismo que no por ser cotidianos dejan de ser menos elocuentes. Puede observarse en un ínfimo detalle su carga elemental y su estado, básicamente anímico. Concretamente, el propio. En términos de energía no es mensurable por ínfimo sí es posible decir que un detalle no posee ese adjetivo por defecto. En términos de escala temporal resulta vago. No tiene un tiempo estipulado y a cada personas le dura lo que le dura. El espacio que nos envuelve es su medio natural y los detalles, cómo otras cosas en la vida, se ven reflejadas en lo que cada día te encuentras. Se puede hacer una lectura. Objetivamente parcial. Se podría escribir sobre ello. Los detalles conforman un todo, te explicaría el artista o el filósofo. Los detalles son la clave, te aseguraría el economista.

¿Pero que son los detalles?

Pues igual que pasa con la escala de tiempo, los detalles no se identifican con nada en especial. Cada uno ve detalles de si mismo que cambian, que se acercan y se alejan de un punto determinado. Sin avisos. Detalles en formas de hablar, de escribir, de decir, de callar, de pensar, de soñar...

Hay detalles que se podrían definir cómo más personales, más propios de cada uno. Son los llamados detalles de cuerpo entero. Son detalles cotidianos que te acompañan durante un tiempo y un día desaparecen. En el transcurso de vuestra vida conjunta hay centenares de momentos dónde el detalle resultó ser decisivo. Oportuno, si se quiere decir. Ahora, ya desaparecido, su enseñanza perdura. Un detalle puede ser frágil o llegar a ser un hecho distintivo. Una prolongación de nosotros mismos. De nuestro interior a menudo más codificado.

Cómo detalle personal más inquietante está, por ejemplo, uno que hoy en día aparece diluido por la cotidianidad, el de las personas que llevan sombrero. En este tiempo han sido objeto de estudio por etse detalle fundamental y propio, que es taparse a voluntad la parte alta de la cabeza, y sólo han conseguido encontrar un mar de incógnitas. Hay expertos que dicen que se ocultan tras esa tapadera, otros que así es cómo se manifiestan su manera de ser sin atisbo de convencionalismos. Unos más atrevidos en sus elocuencia exponen que las personas que usan sombrero, gorro, gorra, bonete, bombín, chapela, chistera u otra prenda por el estilo carecen del sentido del ridículo o por el contrario padecen en exceso del él.

Sobre detalles y sus múltiples formas, todo el mundo opina. Nadie sabe de su verdadera naturaleza pero acaba formando parte de ti. Un color, unas formas, un mover las manos, un mirar, un cómo te colocas los zapatos, un que bien hueles, un pájaro camino al trabajo, un perro que te da unos sustos de muerte al volver. Los hay variados, cómo personas hay en el mundo. Unos más visibles otros menos. Todos tenemos detalles, todos poseemos una gran cantidad y en muy diversa escala.

A mí, me gusta ir con la cabeza tapada. Me gusta afeitarme y eso provoca que la temperatura ambiente se muestre en toda su crudeza sobre mi piel rasurada. Ya sea invierno o verano. El frío provoca en gente cómo yo que pronto echemos mano del gorro, gorra, sombrero o cualquier buena tapa para la azotea, la sentimos cómo una necesidad. Una tapadera te enseña más de lo que puede aparentar. Lo primero es hacértela tuya, es salir, voltear, rular, callejear y rumiar viento a la vez. Ahora, la mía, ya habla. Me habla sobre detalles, suyos y de otras prendas que uso y que frecuento. Es una charla de revelaciones y silencios. Cuando se siente bien, la visera apunta al cielo pero si en cambio se siente un poco abatida o cansada, la visera cae hacía abajo. La tapadera o gorro, gorra, sombrero o bombín que lleves puesto sobre tu cabeza acaba por decirte. Es cuestión de querer escuchar.

Nada en especial pronuncia.

Tan sólo te habla cómo sabe...





Recuerdo, no más



Afuera llovía. Era un día gris, uno de esos en los que el cielo de color plomizo parece que se vaya a caer de un momento a otro sobre nuestras cabezas. No me acuerdo si era miércoles o jueves aunque bien pudiera ser que fuera sábado, la verdad es que no me acuerdo. Lo que si recuerdo es que ese día era uno de esos típicos días de inviernos dónde apetece estar en casa, encerrado y con algo caliente entre las manos para poder soportar mejor las bajas temperaturas. Me preparé un café y me senté en en mullido sillón encarado hacía un enorme ventanal que domina mi comedor. La visión de un día gris se asemejaba mucho a mi estado de ánimos. No es que estuviera triste más bien es que me sentía apagado, cómo ese día. No percibía el color dentro de mí cómo no lo veía en todo el paisaje que me rodeaba. Tampoco es que me faltaran las fuerzas sino es que éstas se mantenían aletargadas bajo un manto que a día de hoy aún me cuesta definir. Era uno de esos días dónde es mejor no hacer porque nada parece que vaya a salir cómo uno tiene pensado aunque no sepas bien la razón. Intuición, supongo. Miraba cómo el manto de nubes grises cubría el cielo y sentía en en mi interior algo también me estaba cubriendo. No era tristeza, no era pena era más bien una sensación que me envolvía cómo lo estaban haciendo aquellas nubes con una tierra que era la única que había conocido. Sensaciones que me recorrían mientras el café me sabía mejor que nunca. Me parecía estar viviendo una de esas estampas tan invernales que se dan en tantos países norteños y que poco tienen que ver con los sureños, más bien cálidos y soleados. Parecía que no pasase el tiempo allí sentado disfrutando de mi café y de aquella visión matutina. La música me envolvía y el café me calentaba y en esos momentos no había nada que me importase. No tenía pasado, no tenía futuro porque lo único que había era presente. Una realidad que me acunaba entre oscuras nubes y aromáticos sabores. Me sentía en paz aunque ésta no fuera igual a la que sentía tantas veces en el transcurso de los días. El día había amanecido diferente, apagado y frío y aunque por unos momentos yo me sentí igual recuerdo que a medida que iba tomando mi café y dejándome llevar por aquella estampa, las cosas estaban cambiando. Muy poco a poco pero estaban cambiando. No podía ver cómo se movían aquellas nubes pero sabía que se movían, siempre se movían y era justamente esto lo que me parecía a mi de mi mismo, que aunque parecía que no me movía, me movía. Sin dirección, sin orden pero con pasión, una pasión que nacía de las pequeñas cosas que componían mi vida. De repente se acabó la música, me levanté y apagué el reproductor. Me dirigí a la cocina y me preparé otro café a sabiendas que éste no estaría tan bueno cómo el anterior. Era una sensación que se volvió realidad tan pronto le dí el primer sorbo. Volví al comedor y de pie volví a mirar por la ventana, las nubes seguían igual, los colores eran los mismos y el frío era igual de intenso que hacía unos momentos y yo había dejado de ser el mismo.

Recuerdo todo ello cómo si fuese la estampa de un momento que no volverá, cómo la manifestación de algo que se perdió en el camino y que no volverá.

Recuerdo, no más.


" El viento de la realidad no había apagado la llama de su corazón"
(Haruki Murakami)




Sobre el papel




Porque es tan fácil si se piensa en ello un poco
y
resulta tan complicado si no se tiene en cuenta.



Un día de primavera



Parecía un día de temprana primavera pero no lo era. Me senté en la arena, húmeda aún a esas horas y me dejé llevar. El mar estaba en calma y el Sol acababa de salir por el horizonte sin fuerza aún en sus rayos. Rodeado de silencio y ante aquella estampa sentí cómo mi cuerpo se relajaba por momentos. Hacía tanto que no hacía algo así que me resultaba imperdonable no haberlo hecho antes. Mis ojos miraban a un Sol aún anaranjado que aparecía cómo cada día para iluminar la vida de los mortales. Mis manos se posaron en la arena, cómo buscando instintivamente la fuente de toda vida, cómo queriendo amarrarse a lo que era seguro en esta existencia, la tierra que pisamos cómo lo era el cielo que nos cubre. Aquí y allá aún se veían algunas estrellas pero su brillo se iba disipando ante el emergente fulgor del astro rey. Era una playa larga, muy larga, la más extensa que había conocido y en ella no había nadie, excepto yo. Miré nuevamente al mar y éste, ausente ante mi presencia, seguía en su perpetua calma. Lo envidié. Respiré hondo y el aire fresco de la mañana inundo mis pulmones, aire nuevo, aire bueno para abrir algo más que mis alvéolos. Mi pensamiento se relajó aún más y todo lo que hacía un momento me perturbaba estaba desapareciendo poco a poco. Posé mis ojos de nuevo en el mar y en el horizonte y me dejé llevar por aquella calma y aquel silencio que parecían eternos. No existía pasado ni futuro para mí, ahora sólo estaba yo y mi presente, un presente en calma que lo representaba aquella estampa matinal que tanto añoraba. En un momento determinado mis ojos se posaron en la lejanía. Me pareció distinguir una figura, era pequeña pero después de mirar atentamente durante unos segundos comprobé que efectivamente no estaba sólo en la playa. Una silueta estaba recorriendo la orilla, allá en el fondo, en el lugar dónde mis ojos casi no alcanzaban a ver. Me pareció en un primer momento que se acercaba pero finalmente resultó que se alejaba. Tuve una clara sensación. Era ella. Ella había vuelto a la playa que un día nos vio nacer y ahora la estaba recorriendo. Se alejaba de mí. Sus pasos se encaminaban hacía el infinito, hacía un lugar dónde yo, por mucho que me esforzase, no vería. Mi cuerpo se estremeció y un escalofrío me recorrió. Tuve ganas de levantare e ir corriendo hacía ella pero no lo hice. No podía. Sus pasos se alejaban y yo permanecía quieto en una parte remota de una extensa playa. Nuestros pasos que un día estuvieron a punto de caminar juntos ahora de separaban. Ya no había marcha atrás. Ella proseguía su camino y yo permanecía sentado. Dos formas de entender las cosas, dos formas de vivir simplemente fue lo que pensé. Mis ojos se empañaron en lágrimas al instante e hice un esfuerzo para no romper a llorar. No debía estar triste, debía estar contento por ella, por mi y por todo lo que una vez fue y no volvería a ser. Mis ojos se volvieron a posar en el mar. El Sol había avanzado en su elipse diaria y ya podía sentir cómo sus rayos me calentaban el cuerpo. Volvió la calma, volví a mí. Me pregunté si estaba haciendo bien pero no osé a responderme, no podía y no valía la pena después de tanto. Las cosas que pasan en la vida son para disfrutarlas y no para preguntárselas, me dijo alguien una vez y ahora esto tenía mucho sentido para mí. Volví a mirar y la figura estaba a punto de desaparecer. Volví a respirar hondo, esta vez lo hice tres veces, cómo mandan los cánones y me relajé un poco. Ya nada podía hacer. Ahora tan sólo quedaba yo. Yo y mi vida. Mi vida y yo. Mis manos cogieron algo de arena y jugaron con ella, sentí su aspereza y esto me recordó a aquel pensador hindú que decía que la vida era cómo la arena, que cuanto más quieres atraparla más se te escapa. Mis ojos volvieron al mar, el mismo que seguía en calma a pesar de la hora que era. No volví a mirar hacía dónde ella había desaparecido, no quería ver su marcha, no quería verla partir aunque esto era realmente lo que estaba pasando. Ella ya no volvería y yo lo sabía. Yo no volvería y ella lo sabía. Me estiré en la arena y dejé que todo lo que había sido entre nosotros se diluyese.

Nunca nada volvería a ser lo mismo.

Nunca volverían tantas y tantas cosas buenas cómo antaño, lo sabía, lo sentía y así lo estaba viviendo...

… en aquella mañana que tanto se parecía a un día de primavera.


 

Caminos



Los angostos caminos que recorre un hombre para encontrarse

son los mismos

que las llanas planicies que utiliza para salvarse.

(David)




Éste, nuestro navegar



Navegamos a favor del viento. En nuestro barco. Las olas, pequeñas y silenciosas a esa hora de la mañana, cuando el Sol aún retoza con su amante Horizonte pero sus luces ya se empiezan a intuir, golpean caprichosas nuestro cascarón. Cómo avisándonos del nuevo día, de las olas que vendrán y los momentos que se vivirán. Allí. En la cubierta del barco. Navegamos a favor del viento y cortamos el mar sin apenas notarlo, es una caricia que intentamos hacerle llegar. Estamos con él, entre él y en él y a este Mar inmenso, insondable y sonoro es dónde nos abandonamos. Ya despunta el perezoso Sol que en un cielo sin nubes, nos descubre sus múltiples colores en su forma más bella. Amanece en el Mar. Nos dirigimos a quién sabe dónde. Sin rumbo, sin prisas, con pasión. Un viaje rápido o lento, tan sólo el viento de la realidad lo puede saber. Navegamos a favor del viento. Con las velas desplegadas, ondeando a un viento que no sopla sino susurra, seguimos. Sin prisas, a favor del viento. Silencios en forma de agua surgen a nuestro alrededor. Ahora nuestra caricia se hace más tenue, aceleramos nuestra navegación pues el Sol arrecia a un viento que hasta ahora parecía medio dormido. Deslizo mi mano sobre el agua, miles de diminutas gotas de agua salen despedidas. Miles de arco iris bailan felices sobre un mar que nos sostiene y protege, que nos cuida y mima y que no sopla sino que susurra. Navegamos a favor del viento. En nuestro barco. Surcamos el mar y nuestro barco esconde su sombra. Lejanas aves nos miran y luego siguen su vuelo. Las olas golpean con fuerza el barco en un radiante día de Sol. El viento nos lleva. El timón sigue roto y las andaduras aún por hilar. Miro nuestra estela sobre el agua. Es blanca y podría jurar que es cálida y suave. Navegamos en un lugar que está lleno de ancestral significado, de materia prima en estado puro y el viento nos acaricia sin cesar. En nuestro barco.

Cae la noche y el mundo desparece en un mar de estrellas. El agua en calma imita un cielo que parece infinito y nuestro barco en medio de aquel universo de estrellas. Estrellas arriba, estrellas abajo.

Sin olas, sin viento, con sueño en una noche cálida y maravillosamente silenciosa.

Navegamos...

en realidad.




Verbo, he de partir


Verbo,
he de partir.

Rasgar la frontera
entre
lo interno y lo profundo,

dejar el recuerdo
color tinta
y
no mirar atrás
en el olvido blanco,

he de salir,
de marchar y errar
en pro de una utopía
que me avergüenza y me complace.

Verbo,
no hables de mí,
no pronuncies mi nombre
no digas que estuve o me fui,
y
así,

entre olvidos blancos
y
recuerdos color tinta,

partir.




Paz



Los rayos del Sol calientan la estancia y en silencio disfrutamos de esta excelsa música. Las notas revolotean sobre nosotros cómo lo hace la luz de un Sol de otoño que esta siendo maravillosamente cálido. Hemos comido en armonía, hemos bebido y hemos reído cómo lo hacen los amigos, nos sentimos bien y ahora entre calor y música sentimos cómo tocamos el cielo con la punta de nuestras almas. Algunos han cerrado los ojos y se han dejado envolver en sus mullidos sillones que los acogen cómo quién abraza a un ser amado, con la misma fuerza y a la vez con la misma ternura que lo harían cuando han abrazado a un recién nacido. Otros permanecen con la mirada perdida, en sus ojos no se refleja otra cosa que la calma y la profundidad del momento y en ellos se descubre una ligera sonrisa que dibuja su cara. Estamos viviendo uno de esos momentos que se llaman únicos, momentos o instantes que para cada uno de nosotros no es nuevo pero que no por eso dejan de ser especialmente emotivos. La música nos calienta el alma cómo los rayos del Sol lo hacen con nuestros cuerpos y en esta estancia donde nos reunimos sólo se respira paz. Hemos saciado nuestro cuerpo con la comida y la bebida y hemos alegrado nuestro espíritu con la plática sana de las personas que se conocen y se saben y ahora es el momento de elevar nuestras almas al son de unas notas que no nos dejan indiferentes. Es una estampa dónde lo más bello de la humanidad se hace presente y dónde cualquier distorsión o malestar desaparecen ante la belleza del momento. No hay palabras, hay silencio que habla cómo lo hace la música que resuena en nuestro interior abocándonos a un lugar dónde cada uno de nosotros sabemos que pertenecemos. Nadie hace otra cosa que sentir, simplemente sentir lo que la música y los rayos del Sol transmiten de un modo natural y sincero. No existe el tiempo cómo no existe la conciencia de ser lo que diariamente somos, ahora tan sólo vivimos en el más puro presente que nos deleita cómo tantas veces nos ha ocurrido. Alguno se puede preguntar después de leer esto si somos un grupo de privilegiados pero la respuesta sería un no rotundo, tan sólo formamos un grupo, una combinación o una mezcla de lo más diversa pero que converge a la hora de apreciar lo que tanta belleza posee. Todos nosotros nos sentimos felices por haber descubierto que detrás de las cosas más bellas de este mundo hay más, muchas más cosas que pasan inadvertidas y que tan sólo con un poco de voluntad y pasión, éstas acaban manifestándose por el simple hecho de que son, por el simple hecho de que son bellas.



La belleza de los momentos vividos no es cuantificable pero si es sensible a la capacidad que tiene cada uno para apreciarla”
(David)



Juntos



Sabíamos de la importancia de hacerlo. De hacerlo juntos. Sabíamos que de nosotros dependía un futuro que por momentos aparecía y desaparecía pero nosotros eramos fuertes. No nos dejamos intimidar por todas las adversidades que teníamos enfrente pues nuestra fuerza radicaba en una esperanza que no se aposentaba en palabras ni en hechos banales, ésta se asentaba fuertemente en el hecho que habíamos nacido para ser cómo éramos. Diferentes. Simplemente vivíamos al margen de lo que era corriente en esos tiempos, de lo que la mayoría había aprendido de los libros o simplemente de las palabras de otros. No nos definíamos, eso lo dejábamos para los demás pues a nosotros lo que nos interesaba estaba al alcance de muy pocos. No poseíamos soberbia porque no la necesitamos para lo que estábamos a punto de hacer, éramos cómo éramos y nada ni nadie podía cambiar eso. Éramos diferentes a pesar de tener lo mismos atributos que nuestros congéneres, éramos diferentes a pesar de comer, dormir y vivir cómo los otros y lo éramos por la simple razón de que lo éramos. No nos importaba lo que nos rodeaba y aún así lo cuidábamos cómo quién cuida una planta, un animal doméstico o a un familiar enfermo. Teníamos unos sentimientos que no se podían expresar con palabras, eran unos sentimientos que nos acercaban a dónde estábamos llamados a estar o mejor dicho, a ser. No teníamos animadversión hacía nada ni nadie pues lo que nos pesaba lo considerábamos parte de nuestro aprendizaje, éramos simplemente animales sin costumbres ni instinto por eso éramos diferentes. No especiales, no únicos ya que antes de nosotros habían existido muchos y mucho menos nos creíamos superiores a nadie. No es que fuésemos humildes pues esta asignatura no se acababa de aprender nunca en la parte del mundo en la que nos había tocado nacer, tan sólo éramos lo que éramos porque habíamos nacido para serlo. Éramos dos, tres, cuatro o cuatrocientos, quién lo sabe, y éramos porque lo que la vida nos había enseñado era que tan sólo con un poco de nosotros mismos éramos capaces de ser muchos otros a la vez. No es parecerse, es ser sin aditivos y sin condiciones. Era la senda del Ser que había dejado huella en cada una de nuestra células en el largo paso del devenir y que ahora nosotros recogíamos cómo parte de una herencia que se perdía en lo inconcreto del tiempo. Sabíamos de la importancia de hacerlo y lo hicimos.

Morimos mil veces en vida para poder vivir antes de morir.



 

Viento de Oriente



No podía acabar de entender cómo era posible que aquellas palabras que estaba leyendo hablasen tan claramente de mí. Y no sólo las palabras sino también lo que se podía deducir de ellas y lo que se intuía dentro de ellas. No eran palabras confusas y no eran palabras de difícil comprensión. No eran palabras que formasen frases cerradas ni significados absolutos, para mí eran más bien cabos sueltos que por alguna extraña razón, hablaban de mí.

¿Porque alguien que vivía a miles de kilómetros de mí sabía cómo me sentía en aquellos momentos? ¿Porque alguien que había escrito aquello, mucho antes de conocer yo su existencia, me revelaba tantas cosas de mí mismo?

Sentía aquellas palabras dentro de mí cómo quién siente el fuerte azote de un tórrido viento que gira locamente sobre su cuerpo y eso hacía sentirme totalmente desnudo e indefenso. Ellas, al leerlas, me arrastraban a un lugar dónde se hablaba de mí y esto me provocaba miedo. Era un miedo mucho mayor del que yo podía discernir, era un miedo que no me paralizaba pero que amortajaba sin fisuras la fuente de la que emanaba mi felicidad. Me sentía extraño leyendo aquello, me sentía cómo quién se sabe descubierto a pesar de haberse esforzado tanto en intentar ocultar quién era, eso si realmente alguna vez había sabido quién era. No podía entender nada de lo que me estaba pasando, tan sólo podía aceptar lo que estaba sintiendo sin poder hacer nada más al respecto. No podía dejar de leer a sabiendas que si seguía con aquello, podría acabar conmigo, acabar devorándome desde la raíz.

¿Pero quién era yo realmente? ¿Alguna vez me había conocido?

Éstas y otra preguntas se amontonaban en mí en forma de violentos remolinos que batían en el mismo lugar dónde no hacía mucho existía calma.

Palabras que se juntaban formando frases, frases que tenían significado, significados que formaban ideas, ideas que llegaban al pensamiento y pensamiento que se transformaba en devastadora tormenta tan pronto la palabra aparecía. Un círculo vicioso que destruía a la persona, a mi persona concretamente si ésta realmente había llegado a existir alguna vez. No era duda lo que sentía, no era incertidumbre, era simplemente miedo a saberme sin conocerme, era cómo formar parte de un juego macabro dónde el final, si es que lo había, se escribía con sangre sólo que esta vez en lugar de sangre maldita lo único que quedaba era un inmenso y frío vacío. La más absoluta y siniestra nada sujetada por nada y con significado cero.

Un feroz viento me seguía azotando a cada hoja que leía, a cada párrafo, a cada punto y coma y aún así no podía parar de hacerlo. Creía que me estaba volviendo loco o que simplemente y por una casualidad del destino, estaba encontrando mi senda, un camino marcado por la destrucción y el vacío a través de la palabra.

¿Quién era yo?

En esos momentos me sentía cómo un simple títere en manos de unas letras que parecían haber sido robadas del fondo de mi ser, expuestas sin vergüenza a la violencia de un huracán que lo devoraba todo a su paso y ese todo, era yo.

¿Cómo era posible que me estuviese sucediendo aquello?

Simplemente porque me había resuelto, después de tantos años, cómo un ser frágil ante lo que yo creía que era duradero y por eso estaba pagando muy cara la ingenuidad con la que había tratado mi vida.

¿Sabría vivir en el camino escrito de la nada que no lleva a ningún lugar?

No lo sabía tan sólo no podía acabar de entender cómo era posible que aquellas palabras que estaba leyendo hablasen tan claramente de mí y aún así no podía dejar de leer...

… y ese maldito viento no dejaba de hablar.



Ella, en paz consigo misma



Sentía que había llegado a la mitad de su vida, si la vida tenía algún final previsible. Se sentía en paz consigo misma. Desde muy pequeña había tenido que lidiar con los más diversos problemas y siempre de una manera u otra los había superado, siempre había seguido un camino, que acertado o no, había sido exclusivamente el suyo. Había amado, había llorado, había perdido y había ganado y todo ello hacía de ella un ser que muchos que la conocían la considerasen un ser especial. Le gustaba pensar que vivía cómo vivían las mariposas, de aquí para allá en busca del néctar más delicioso y delicado sin otra obligación que esa misma búsqueda y sin más pretensión que seguir volando en busca de la flor más bella. Había sabido superar las barreras que de pequeña la habían atormentado y a estas alturas de su vida creía firmemente que gran parte de esos muros ya los había derribado o mejor dicho, habían desaparecido a causa de sus acciones. La verdad es que tardó cierto tiempo en comprender la relación de causa y efecto en su vida pero una vez que resolvió este enigma y sus consecuencias, todo resultó ser muchos más fácil, si en esta vida existe algo que sea realmente fácil. Ahora se sentía bien consigo misma a pesar de muchos pesares pero éstos ya no pesaban cómo antaño, ahora sabía que fuese cual fuese el futuro que le esperaba éste ya no dependía de nada ni nadie que no fuera ella misma. Allí estirada en medio de un hermoso campo de margaritas sentía gratitud por todas las personas que de un modo u otro la habían ayudado y también por las que no lo habían hecho ya que éstas habían resultado cruciales a la hora de formarse cómo persona. No era una mujer fácil pero cómo ya hemos dicho, en esta vida no hay nada fácil. Sus ojos se perdían en un cielo azul totalmente despejado cómo se perdían sus pensamientos en su pasado, en su presente y en su futuro. En esos momentos viajaba sin necesidad de moverse cómo tantas y tantas veces lo había hecho y sentía que se movía por sus recuerdos, sus vivencias y sus anhelos cómo si fuera un dragón milenario al que nada ni nadie puede derrotar y vislumbra todo desde el punto más alto en un cielo de infinitas dimensiones. Ahora se sentía segura de si misma, de sus pasos y sabía que todo ello había resultado ser muy complicado conseguirlo y sobretodo por cómo se había visto obligada a vivir hasta entonces. A ella no le gustaba compararse con nadie ya que era de la firme convicción que esta vida da a cada uno los medios necesarios para conseguir sus añoradas metas y si uno no es capaz de conseguirlas es debido a que no supo ver en su momento esas herramientas vitales o simplemente se olvido de ellas con el paso de los años. En estos últimos años habían pasado muchas cosas, no todas agradables, pero ella estaba realmente feliz con su vida, apreciaba sentir cómo en su interior brotaba una cálida brisa de verano y una dulce música que la acompañaban hiciese lo que hiciese. Este era su auténtico tesoro, esta era la forma en que su interior le decía que todo iba bien. Era algo de lo que estaba orgullosa porque lo había conseguido sola, con sus erradas o acertadas tribulaciones en este mundo dónde muchas de las cosas que parecen ser, no lo son. Miraba al cielo con el corazón lleno de felicidad y lo estaba haciendo cuando sentía que había llegado a la mitad de su vida.

Su ser abierto de par en par sintiendo mucho más de lo que las palabras o el silencio nunca podrán revelar.

Un campo de margaritas.

Un cielo azul y...



 

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Ya ha oscurecido. Es hora de abrir. Cada día hago lo mismo, abro la tienda y espero a que los clientes lleguen. Siempre llegan. Ellos son la base fundamental y sin ellos yo no tengo sentido. A ellos, a los que acuden a mí cuando oscurece es a quién les debo esta tarea mía. Suelen aparecer al poco de abrir pero hoy se están retrasando y aprovecho para acabar de encender todas las velas. Hoy espero que se llene de clientes. He dejado sobre las mesas un repertorio digno de las grandes reuniones y que estoy seguro que será del disfrute de todos. Hay algunas ediciones únicas que sólo saco un par de veces al año y hoy es uno de esos días, uno diferente. El primero ya entra. Es un hombre alto, enjuto y con una larga cabellera. Viste de negro y en sus ojos negros no consigo ver nada por ahora. Parece perdido y me acerco a atenderle. Después de dejar libre a mi primer cliente entra un grupo de cuatro o cinco clientes más. Son conocidos y después de darles la bienvenida me dispongo a trabajar. Empiezo por el más joven. Busco su dossier y empezamos. Después de haber hecho lo mismo con treinta clientes me tomo un descanso. Me sorprende ver lo llena que esta hoy la tienda. Esperaba mucha clientela pero este número sobrepasa con creces mi pronóstico. Conozco a muchos y me paró a saludar y charlar con algunos de ellos. Pensar que todos y cada uno de ellos tiene que pasar por mi despacho me agota pero hago pasar sin remilgos. Todos respetan escrupulosamente la cola, nadie se cola ni nadie deja pasar, estas son la órdenes de la casa. Hay que pensar que un poco de orden es necesario para regentar un negocio cómo el mío. Ya casi no quedan clientes cuando realizo mi enésimo descanso. Ha sido un día duro pero ya casi esta. Esta noche me merezco un buen descanso más que nadie. Me siento cansado pero por esto mismo debo estar más atento porque no debo cometer ningún error a la hora de elaborar mi trabajo. Los últimos necesitan el mismo tiempo que los primeros, es decir, el tiempo que necesitan y este es otro principio de la casa. Me gusta cuidar a mis clientes y reconozco que ellos me cuidan a mí de muy diversas maneras. En todos estos años nunca he tenido ningún incidente con nadie, ni un conato tan siquiera y no me puedo quejar porque tengo una clientela de primera categoría. Muchos de ellos, al acabar, me obsequian con algún regalo que traen consigo desde sus lejanas tierras y a mí me entusiasman porque son auténticas obras de arte. El último cliente acaba de salir por la puerta. Me siento realmente cansado pero aún me queda algo por hacer. Recojo mi despacho y ordeno la tienda y apago, por último, las velas. Cierro y compruebo cómo ya queda poco para amanecer aunque la oscura noche aún persiste. No se ve nada aunque no necesito ver nada, para ver y comprender ya tengo la tienda dónde hay muchas cosas y de las más diversas. No se escuchan mis pasos alejándome porque el sonido no existe fuera de mi tienda y eso es algo que me ha costado mucho acostumbrarme pero finalmente lo he conseguido. Mis silenciosos pasos se detienen sólo ante mi cama. Caigo rendido. Pienso en el día de hoy, un día que ha sido una jornada especial porque esperaba clientes y han venido más de los que esperaba, porque esperaba trabajo y ha habido más y porque esperaba sorpresas y sin duda las ha habido, centenares de ellas, todas maravillosas. Estirado en mi cama recuerdo algunos de mis clientes de esta noche, los desconocidos básicamente y me pregunto por sus vidas, cómo vivirán y cómo crecerán allá de dónde sean, me pregunto todo lo que ellos no me cuentan y mientras pienso en todo esto siento cómo mi cuerpo se va relajando y sé que pronto caeré dormido.

Quién me iba a decir a mí que un día iba a tener un trabajo tan bonito, quién me iba a decir a mí que esta vida tan maravillosa iba a ser la mía, quién me iba a decir a mí que ser el propietario de una tienda así y sobretodo quién me iba a decir a mí que ser el escriba de mi conciencia me iba hacer tan feliz. Tomo nota de todas las vivencias de los seres que se acercan a mi tienda, las escribo y lo dejo todo registrado para cuando mi conciencia necesite hacer uso de ello. No sé para que lo querrá aunque tampoco me interesa. Cuando ella esta despierta yo duermo y cuando yo trabajo ella duerme y así es que su vida poco interés tiene para mí. Escribir la historia personal o colectiva de seres anónimos que viven dentro de este mundo infinito que es el Ser me resulta el trabajo más gratificante del Universo, no puedo quejarme de nada, ni de mis clientes, seres generosos que llenan mi tienda cada día ni de mi conciencia porque todos ellos forman parte de mi vida cómo yo formo parte de la suya...


Demasiadas personas temen las críticas; demasiado pocas temen la conciencia”
(Lucio Anneo Séneca)


Dr. Edwin Pool



Cada viernes se producía el mismo ritual. Maite se sentaba junto a Maria, ésta junto a Asier, éste al lado de Edurne, ésta muy cerca de Alberto y éste al lado de Luisa. Sus sillas formaban un circulo en la pequeña sala que lo completaba el profesor Edwin, un escocés que estudió en su tierra unas originales técnicas que allí no funcionaron pero que aquí habían recibido mucha aceptación. Él mantenía que el carácter latino era diferente a cualquier otro y que era por eso que esas técnicas tenían tanto éxito entre los individuos de este país. No solía acoger a más de cinco personas por grupo, consideraba que un número mayor hacía que las sesiones se hiciesen excesivamente largas y que la atención de los integrantes decayese rápidamente. El escocés sabía que muchos de ellos querían explicar sus problemas pero no todos estaban dispuestos a escuchar los de los demás aunque en aquel grupo no era así. A Edwin le gustaba especialmente el grupo del viernes porque era muy heterogéneo y aún así todos ellos habían demostrado un nivel de compromiso que no había encontrado en otros grupos semanales. Recordaba que cuando empezó con ellos creía que no durarían más de dos o tres semanas pero la verdad es que ya llevaban cinco meses juntos y no había tenido que resolver ningún problema entre ellos como si le había pasado con otros grupos. Edwin sabía que no debía tener favoritismo en esta clase de terapias pero aquel grupo hacía que su trabajo fuese realmente fructífero y es por ello que les tenía un aprecio especial. Ese día el escocés les empezó dando las buenas tardes y les comunicó, a pesar que ya lo sabían, que iba a ser la última sesión con ellos. Los resultados del grupo eran inmejorables y la mejoría de cada uno de los integrantes del grupo del viernes era evidente. La primera vez que los vio eran personas abatidas por sus problemas, algunos por su pasado y otros por su presente pero ahora ya no eran así, ahora eran personas capaces de llevar su vida por si mismos sin esos altibajos que tanto les había afectado y que nos le había dejado vivir del modo que ellos mismos deseaban vivir su vida. Edwin no era ingenuo, sabía que para los males de los integrantes del grupo no había un remedio definitivo pero estaba contento por haber conseguido que cada uno de ellos hubiese fortalecido lo mejor de si mismos para afrontar los envites de esta vida que a veces demostraba ser muy cruel. Les había dado las herramientas para hacerlo y aquel maravilloso grupo las había aprovechado como ningún otro. Estaba orgulloso de ellos y tenía la esperanza que ellos también estuviesen orgulloso de él aunque esto último nunca lo manifestó públicamente. Nunca pensó que las técnicas que había aprendido en su tierra natal llegasen a ser tan efectivas cómo había resultado en aquel grupo, no entendía cómo era posible que en los demás grupos tuviesen tantos problemas a la hora de ponerlas en práctica mientras que en aquel grupo tan poco ordinario hubiesen funcionado a la perfección. Después de despedirse de ellos y de agradecerles su voluntad por quererse currar se quedó sólo. Estuvo pensando en todo lo ocurrido en estos cinco meses, en cada una de las charlas, en cada ejercicio que realizó con ellos, en los pocos momentos críticos que tuvo que superar, en definitiva, hizo un repaso mental y detallado de todo lo que había sido la terapia con los integrantes del grupo del viernes y de su consiguiente éxito. Sabía que había ayudado aquel grupo a superar situaciones para las que ningún ser humano esta preparado y lo había hecho porque le gustaba lo que hacía pero cómo en todo en la vida hay un pero y este pero era él. Lo sabía bien, él ayudaba a los demás a superarse pero a él nadie le ayudaba, pensaba que todos creían que el jovial Edwin no tenía problemas y que si los tenía ya disponía de sus técnicas para ayudarse él mismo. Lo que nadie sabía es que esas mismas terapias que a otros tanto ayudaban a él no le servían. Él era de otra pasta, él estaba hecho de un molde tan diferente a los demás que cualquier técnica, terapia, filosofía o enseñanza no era capaz de llegarle al fondo de su ser. Lo que Edwin sentía no era tristeza sino más bien desesperanza por saber que en su mano estaba la clave para la salvación de muchos pero no para la suya propia. Así que después de finalizar la última sesión con el grupo del viernes y estar pensando en todo esto tomó una decisión e hizo la única cosa que sabía que lo salvaría. La única cosa que siempre había prohibido a todos los integrantes de todos los grupos semanales que había tenido hasta el momento y con ello puso punto y final a su desdicha.

Edwin salto al vacío y mientras caía sonreía sabiendo que por fin se salvaba de si mismo.


In Memoriam
Dr. Edwin Pool
Amigo y confidente.



Reencuentros



Hoy me he ido a un lugar dónde hace más de veinte años que no iba. Y me he subido dónde antaño siempre subía en busca de una paz que consideraba mía y que nadie podía alterar. He salido temprano, justo cuando repuntaba el Sol por el horizonte, hacía frío pero no me ha importado porque el lugar se merecía esto de mí y mucho más. La verdad es que no sé que me ha impulsado a ir justamente hoy y no en los últimos veinte años pero me alegra que haya sido así. Al llegar he dejado el coche y me he puesto a andar. Después de más de media hora he llegado y lo he visto. Seguía allí, igual que cómo lo recordaba, tan alto, tan esbelto cómo antaño y con la misma frescura de las cosas que están llenas de vida. Ha sido cómo una visión del pasado hecha presente y me he emocionado. Hacía años que intentaba borrar mi pasado por considerarlo carente de importancia aunque en estos últimos años había aprendido que gran parte de lo que me pasó en aquellos años había hecho posible que hoy fuese cómo soy. No he dudado, me he quitado el cinturón y me lo he enroscado en los tobillos en forma de ocho cómo hacía de pequeño, era una técnica ancestral que se sigue utilizando en miles de lugares en este mundo, era un método efectivo y barato de subir un árbol por muy alto que éste sea. He ido ascendiendo por él y me ha sorprendido que me resultase tan costoso, cuando era pequeño lo subía sin esfuerzo alguno, tanto ese cómo cualquier otro que quisiese subir. De pequeño no tenía la sensación del peligro que resultaba subir más de diez metros sin ninguna cuerda de seguridad y hoy, mientras subía, notaba cómo mi mente me chillaba que dejase de hacer aquella locura que podría acabar mal. Dada mi experiencia sabía que una caída así podía resultar mortal pero dentro de mí había algo más fuerte que el miedo a caer y era la esperanza de poder volver a estar allí arriba y contemplar, cómo lo hacía de pequeño, todo lo que me rodeaba en la más absoluta soledad. Utilizaba aquel alto pino blanco cómo refugio cuando las cosas no iban bien o cuando deseaba estar sólo, nadie sabía que lo hacía, ni mis más íntimos amigos del momento y es por eso que aún guardo de aquellas experiencias un grato recuerdo. Era una especie de refugio propio y personal, era de ahí de dónde nacían mis ganas de volar, mis ansias de sentirme libre cómo siempre sentía cuando alcanzaba las ramas más altas. Ahora pesaba más de tres veces el peso de antaño y aún con esfuerzo he conseguido llegar. Las gran rama que me acogió tantas veces ahora lo volvía hacer. Me sentía libre de nuevo, me sentía tan ligero que pensaba que de un momento a otro iba a salir volando de allí. Varias aves han pasado junto a mí y han emitido un grito a su paso, yo lo he interpretado cómo un saludo más que cómo un aviso y esto he hecho que me emocionará. Mis ojos se han llenado de lágrimas y no he podido evitar llorar. La emoción por la situación, por los recuerdos y por todo lo que estaba haciendo me estaba afectando mucho. Cuando he vuelto a relajarme he podido observar todo lo que desde esa altura privilegiada alcanzaba mi vista. Ahora había más casas, más cemento por todas partes pero desde allí todo aquello era lejano, era cómo si yo mismo no formase parte de aquella especie que se dedica libremente a destruir el medio en el que vivía por el simple hecho de satisfacer sus deseos. He respirado hondo varias veces y entonces ha sido cuando mi mente se ha relajado por completo. Ya no tenía miedo, ni a caer ni a nada, ya no tenía ningún tipo de emoción que no fuese la de libertad y paz que en esos momentos me embargaba. Era libre, libre cómo lo había sido de pequeño cuando subía aquel alto pino blanco que parecía ser el rey de todos ellos. Volvía a ser ese chiquillo de hace veinte años, todo mi ser lo sentía así y ha sido entonces que me he vuelto a poner a llorar. Mis lágrimas caían libremente pero no estaba apenado ni triste, eran lágrimas salidas directamente de mi corazón, del mismo que un día, siendo niño, se juró que siempre sería así mi vida, una perfecta estampa de armonía, paz y felicidad. La ligera brisa marina que acariciaba mi cara me hacía recordar que no era tan diferente a pesar de haber pasado años y muchas experiencias. Sentía que era el mismo niño que de pequeño creía que el mundo se podía arreglar poniendo buena voluntad por parte de todos, sentía que era ese niño que huía a un lugar alto y desconocido, fuera del alcance de la vista de todos, para poder estar consigo mismo. Miles de sensaciones recorrían mi cuerpo mientras mis piernas colgaban en el vacío, las mismas piernas que de pequeño movía adelante y atrás con la vana esperanza de que me elevasen y así, por fin, poder volar. Me he quedado allí hasta que el Sol ha llegado a lo más alto y luego, no sin dificultad, he descendido. Una vez puesto los pies en el suelo he abrazado a mi amigo, me he fundido en un abrazo con el mayor pino blanco que he visto en mi vida, con el único que me ha permitido sentir lo que he sentido, con el único que a pesar de no decir nada, me ha comprendido cómo nadie.

Hoy me ido a un lugar para perderme y me he dado cuenta que lo único que he hecho, después de veinte años, ha sido encontrarme de nuevo.



Hoy quiero vestirme



Hoy
quiero vestirme
sin ocultar mi cuerpo,
quiero hacerlo lentamente,
pensando en ti,
ponerme sólo lo necesario,
lo justo,
quiero engalanarme
para ti,
para que me mires
y te guste,
quiero parecerte atractivo
y despertar esa fogosidad
que tan bien conozco,
quiero que te emocione
verme vestido así,
quiero ser el reflejo
del gran amor que siento,
quiero que me veas y sonrías feliz,

amor
quiero confesarte
que hoy me he vestido
por y para ti
con el hermoso y eterno
Te Quiero



Mayéutica a las 18h



La soledad de un sueño es más intensa que la soledad física.
Si estás en lo cierto, ¿mi visita habrá sido un inconveniente para ti?
Para nada, ¿porque dices esto amigo?
Porque he venido a explicarte la insoportable soledad que padezco sin haber tenido en cuenta tus circunstancias.
¿Mis circunstancias?
Si, las mismas que te han llevado a pensar que la soledad de un sueño es más intensa que la soledad física.
Puedo preguntarte si padeces soledad física.
No sólo la padezco sino que la soporto desde hace tiempo y la verdad es que a veces creo que esta a punto de vencerme.
¿Y has tenido alguna vez algún sueño que por razones diversas acabase siendo algo único, una sensación que pende suspendida en tu interior?
No, la verdad es que no. No me preocupa mucho soñar, soy de la idea que hay que tener los pies en la tierra en todo momento. Soñar es de ilusos.
Efectivamente, soñar es de iluso, cómo lo es creer que la única verdad posible en esta vida es la que sientes a través de tus sentidos y tu mente percibe.
Así es la vida, ¿no?
Yo diría que si en un sueño puede existir la soledad entonces no es posible imaginarse que es la vida.
¿Pero la vida es algo más tangible que cuestiones metafóricas?
Estás en lo cierto que la vida no es una cuestión metafórica pero deberías saber que tampoco lo tangible te resolverá lo que realmente es la vida.
¿Pero me acercará a ella?
O te alejará, según se mire.
¿Cómo podría alejarme si cada vez la conozco más?
Pues por la simple razón que lo que estás conociendo cómo tu vida en realidad no es tu vida.
Y entonces, ¿que es?
Puede ser que sólo estés viviendo la soledad de un sueño.


Realmente soy un soñador práctico; mis sueños no son bagatelas en el aire. Lo que yo quiero es convertir mis sueños en realidad”
Mahatma Gandhi





Cada día que amanezco no es igual



Cada día que amanezco no es igual.

No siempre suenan melodías llenas de paz y tranquilidad. No siempre me despierta el suave sonido de las aves que anuncian el nuevo día y no siempre consigo despertarme con todo el sueño finalizado. No siempre un beso despierta mis sentidos por la mañana, no siempre unas manos queridas me acarician suavemente al inicio del día y no siempre el ser amado me susurra cerca, muy cerca del oído que ya es hora de despertarse. No siempre me despierto poco a poco y sin prisas, no siempre me pasa que guardo algo de esa calma onírica que me invadía momentos antes y no siempre la lentitud es la que acompaña mis primeros pasos. No siempre puedo estar mucho tiempo en esa zona intermedia entre el sueño y la vigilia, no siempre mi cuerpo adormecido se despierta lentamente y no siempre mis ojos se habitúan a la luz creciente de un modo natural y pausado. No siempre puedo recordar en esos primeros momentos lo que he soñado, no siempre salgo de la cama con paso descansado y sin rumbo y no siempre las sábanas atrapan mi cuerpo y me retienen un poco más. No siempre escapo de las nuevas redes llenas de veloz realidad que me prepara el nuevo día, no siempre disfruto de unos segundos interminables en la cama y no siempre puedo estirar mi cuerpo para irlo despertando al ritmo que él mismo me impone. No siempre me despierto cómo debería despertarme, no siempre el amanecer aparece ante mi primera mirada cómo tal y no siempre mi almohada me mantiene cautivo en mi prisión de sueño. No siempre siento cómo mi energía vital va recorriendo mi cuerpo poco a poco hasta alcanzar progresivamente su máximo, no siempre mis párpados son cómo el cierre de un bar de borrachos dónde la persiana sube y baja sin saber dónde quedarse y no siempre el montón de paja que tengo por cama consigue engullirme y hacerme suyo hasta el total despertar. No siempre me acompaña el bienestar en la mañanas de un nuevo día, no siempre son calmados y reposados mis actos y no siempre mi boca es algo ajeno a mi pensamiento en ese primer momento que señala otro amanecer. No siempre entro indirectamente y llamando relajado en la realidad naciente, no siempre respiro tranquilamente saboreando el aire que me envuelve y no siempre una mano amiga me siente a primera hora de la mañana.

Cada día que amanezco no es igual.



Es más


 

Es más que juntar palabras,
es más que unir incoherencias,

es más que apropiarse de lo indebido,
es más que expresar lo sabido,

es más que sentir con sustantivo,
es más que decir sin atractivo,

es más que lo escuchado por los oídos,
es más que unos simples sonidos,

es más que una pluma que se desliza,
es más que esta pizarra y su tiza,

es más que la fusión de un sentimiento,
es más que una estrella en el firmamento,

es más que una alegría vivida,
es más que una sensación sentida,

es más que una continua afirmación,
es más que una simple solución,

es más que una ilusión vana,
es más que mi primera cana,

es más que el instante presente,
es más que el momento siguiente,

es más que una manera ecléctica,
es más que una mente frenética,

es más que el deseo de soñar,
es más que aprender el arte de volar.

Simplemente,




Wichien-Maat



Su obsesión por los gatos ya le venía de muy pequeño. Sus primeros recuerdos eran montones de gatos a su alrededor, ronroneando y deslizándose entre sus diminutas piernas que apenas se aguantaban. Los gatos en su vida siempre habían estado presentes, primero en casa de sus abuelos maternos que vivían con docenas de ellos y le enseñaron a prodigarles afecto y dedicación, más tarde en la escuela primaria dónde rondaban por los alrededores en busca de alguna comida fácil a pesar de los evidentes peligros que entrañaba estar tan cerca de niños y aún más tarde en la Universidad cuando estudiaba Biología siempre andaba rodeado de gatos para la experimentación, aquello al principio lo aterró hasta que pudo superarlo. Finalmente cuando se licenció y se pudo ir a vivir sólo, lo primero que hizo fue comprarse un gato. Era un siamés de pelo largo y agrisado, sus ojos azules eran de una claridad espectacular y cada vez que lo miraba fijamente tenía la impresión que el gato, de un momento a otro, se iba a poner hablar. Era muy listo aunque no era tan amistoso cómo pensaba que sería en un principio, éste siempre se las ingeniaba para conseguir todo lo que necesitaba y hasta hubo ocasiones que ni él mismo sabía quién era el animal y quién era el dueño. Le gustaba tener un gato en casa, le aportaba tranquilidad y sobretodo le daba una responsabilidad fuera de su trabajo que de otra manera no hubiese tenido. Era una persona que se relacionaba muy poco con los demás, era un poco retraído y tan sólo hablaba lo imprescindible aunque no era así siempre, cuando llegaba a casa no dejaba de prodigar mimos y atenciones a su amado siamés cómo si esto compensase su falta de sociabilidad. Los meses fueron pasando y el gato fue creciendo, al principio muy poco a poco pero luego empezó a crecer de un modo considerable. Lo llevó al veterinario y éste le dijo que el gato tenía un problema que le hacía crecer más rápido de lo normal pero que no se asustase, que en un periodo de tiempo relativamente corto este crecimiento acelerado se detendría y tendría un gato sano cómo cualquier otro. Un poco más grande pero igual que cualquier otro gato, le había asegurado el veterinario. Este hecho le hizo unirse aún más a su gato, sentía que él era responsable de su grandaria y se maldecía por no haber estado más atento en su alimentación y ejercicio. Busco información más detallada sobre los hábitos de los siameses y se puso a trabajar con él. Decidió cambiar su turno de trabajo para pasar más tiempo con él, dejó su apartamento y alquiló una casa con un pequeño jardín para que el gato tuviese más espacio. Llegó el día en que se dio cuenta que vivía sólo para y por el gato y a pesar de sonar extraño, esto le gustaba. Su vida había girado en torno a los gatos y ahora estaba seguro que poseía el gato más bonito del mundo y uno de los más grandes de la ciudad. Era su razón de vivir y poco a poco fue alejándose de todas las ocupaciones que no tenían que ver con su gato. Fue faltando día si día también al trabajo hasta que lo echaron y los pocos amigos que aún conservaba ya no lo reclamaban. Su vida se centró en aquel gato de mirada penetrante y gestos elegantes a pesar de su enorme grandaria y esto desencadenó que desde hacía un tiempo él se había descuidado en su aspecto físico en pro del gato. Su pulido semblante de antaño ahora no existía, se vestía con cualquier prenda, conjuntase o no, y salía siempre de casa a horas intempestivas en busca de las cuatro cosas que necesitaba para subsistir. El gato vivía cómodamente mientras que él se las tenía que ingeniar para llegar a final de mes pero todas estas penalidades no le importaban si su gato estaba bien, se desvivía por él hasta el grado máximo de la obsesión y es así cómo llegamos al día de hoy.

Esta mañana, al levantarse se encuentra una nota encima de la mesa. No le presta atención hasta que después de estar buscando al siamés durante más de una hora y no encontrarlo, posa sus ojos encima de ella y se da cuenta que es el único indicio que tiene para saber sobre su paradero. Esta desesperado y la nota se le cae de las manos tres veces antes de que pueda tan sólo ojearla. En la nota, escrita con excelente caligrafía, se puede leer que se han llevado al gato y que lamentablemente no volverá a recuperarlo. También dice que lamentan haber causado tantas molestias pero que su gato es esencial para la mejora física y anímica de una persona y que por esto han decidido secuestrarlo. Él no entiende que tiene que ver su gato con nadie que no sea él y en esos momentos la duda y cierta indefensión le embargan, de repente estalla de rabia y enseguida empieza a romper todo lo que se encuentra por delante. En menos de una hora su casa esta destrozada y seguiría destruyéndola si no fuese porque aparece la policía avisada seguramente por los vecinos que se han asustado con tanto revuelo. Finalmente lo detienen y después de examinarlo detenidamente deciden internarlo en un centro especializado. Su rabia había desaparecido al poco de llegar a los juzgados y ahora sólo le invade un sentimiento de frustración y pérdida. Sabe que su vida ya no será la misma sin su gato, su amado gato siamés.

Al día siguiente, por la mañana, los policías encargados de dar el almuerzo se encuentran una escena nada normal. Decenas de gatos están en la celda dónde horas antes estaba el detenido aunque de éste ya no quedan indicios. Al abrir las puertas los gatos corren hacía todas direcciones pero no hay rastro del sujeto. Ha desaparecido y nadie sabe cómo ha sido posible. Después de estar buscando por todas las dependencias se da la orden de búsqueda y captura. Los policías salen atropellándose de la comisaria en busca de aquel perturbado que tan peligroso parece ser sin darse cuenta que un enorme gato siamés los observa desde un tejado cercano.

Esta inmóvil y aunque parezca que no puede ser, el gato sonríe, parece que esta pensando que esos policías que tantas prisas tienen no saben adónde van ni por dónde tienen que empezar a buscar y aún así lo hacen sólo porque sus superiores se lo han ordenado. El gato sigue mirándolos mientras sonríe en la cornisa porque sabe la verdad. No lo encontrarán.

Ellos persiguen a un hombre y no a un siamés, cómo él.



Devorando recuerdos



Volvía del trabajo paseando vagamente por las calles mientras se preguntaba cómo era posible que siguiese sin encontrar respuesta a las múltiples preguntas que le asaltaban. Se sentía atrapado en una red de interrogantes que no le dejaba ver más allá y se veía a si mismo cómo uno de aquellos insectos que caen atrapados en una tela de araña y que por mucho que se esfuercen, no consiguen salir. Parecía estar muy sólo, no aislado, sino sólo cómo si fuera un disciplinado agente de la Soledad que hace su trabajo diligentemente. Nada era lo que parecía para él mientras vagaba ausente por esas calles que tantas veces recorría distraído. Sacó las llaves y abrió la puerta de su casa. Sin novedad, todo seguía en el mismo sitio y le extrañó haber pensado que cabía la posibilidad que no fuese así, que un día al abrir la puerta de su casa, ésta estuviese patas arriba, porque esto, estaba seguro, le provocaría un susto de muerte. No sabía la razón del porqué cada día pensaba cosas tan raras. Se dio una ducha y al salir y sin pensárselo se estiró en una tumbona del pequeño jardín que poseía en la parte trasera, era su rincón preferido. Le gustaba descansar tomándose una cerveza bien fría y viendo cómo el día declinaba aunque últimamente no había podido ni había sido capaz de hacerlo. Demasiados recuerdos, demasiadas preguntas abundaban en su mente y sentía que en aquellas difusas circunstancias no podía salir al patio trasero porque era mancillar todo lo que representaba aquel rincón. Sin pensárselo se había tumbado y ahora que estaba sólo y en silencio se daba cuenta de lo que había hecho. Había traspasado una linea que tiempo atrás se había autoimpuesto y que había llegado a ser infranqueable en su interior. Él era una persona que se obcecaba mucho y las cuestiones que se le amontonaban en su cabeza estaban sobredimensionadas por no ser capaz de relajarse y por tomarse las cosas cómo se las tomaba. Desde hacía algún tiempo se autoimponía severos hábitos con la esperanza de mejorar las cosas pero éstas en lugar de arreglarse se estaban deteriorando a un ritmo vertiginoso. Bebió otro sorbo de cerveza y se estiró mirando el cielo que poco a poco se iba oscureciendo y en esos momentos pensó en su vida de los últimos años y se dio cuenta que la había vivido frenética y alocadamente, sin percatarse de las terribles consecuencias de sus actos y sin medir la importancia de sus palabras. Ahora sufría sus efectos. Llevaba tiempo sin saber que le pasaba pero teniendo la certeza que algo no iba bien en su interior. Era cómo si el masivo agujero negro del centro de su universo hubiese empezado a devorar todo lo que le rodeaba. Tenía la sensación que en el centro de su ser existía algo que en vez de crecer estaba aniquilando todo lo que encontraba a su paso. Se sentía perdido, se sentía indefenso ante la posibilidad de desaparecer. No quería perderse cuando aún no se conocía. Se incorporó y se acabó de un trago la cerveza. Se levantó y se fue hacía la cocina, no tenía hambre pero estaba decidido a prepararse algo, quería apartar aquellos pensamientos que se le acumulaban en su mente y que sabía que antes o después serían devorados cómo había pasado con sus recuerdos. Estaba sólo, más sólo de lo que cualquiera puede estar porque su soledad no radicaba en un aspecto circunstancial, su soledad se sustentaba en un interior que cada vez estaba más vacío. Su vida actual transcurría en un intervalo, en el espacio que ocupaba su existencia en su propio olvido. Estaba sólo y se sentía atrapado. De repente todo el cansancio acumulado durante el día hizo acto de presencia y se fue a la cama. Al cerrar los ojos sintió un ligero mareo, su cuerpo se estremeció y una minúscula arcada le sobrevino. Estuvo a punto de levantarse pero esperó. Nada era cómo antes, ahora todo en su vida transcurría en una especie de siniestra calma que lo mantenía en un apagado estado. Dejó de ser sociable para convertirse en un solitario porque al final entendió que en los otros no encontraría lo que en su interior se estaba destruyendo. Nada iba a volver, ni sus recuerdos ni su vida y era esta absoluta certeza lo que tanto daño le hacía. El ser debe cambiar, se decía, pero no desaparecer, se recordaba. Finalmente se durmió aunque no pudo tener un sueño placentero.

 

 

¿Cómo es posible vivir en el espacio que ocupa la existencia en tu propio olvido?
Sin miedo.

(David)