Y yo hablaba y hablaba



 El último recuerdo que tengo con ella era que yo hablaba y hablaba, sólo yo y mis aficiones y en ese último caso, hablé y mucho de astrofísica y química elemental, aderezándolo todo con apostillajes de teoría evolutiva y número áureo. Ahora que lo recordaba me parecía que había sido muy egoísta, sólo hablaba yo mientras ella cocinaba, unos macarrones si no recuerdo mal. Estaba callada, me escuchaba cómo siempre aunque sabía que a ella todo aquello no le interesaba. Estaba más distraída en el sofrito que en mis palabras que sólo versaban sobre una cosa, yo, yo y más yo. Me parece que fui muy infantil al no darme cuenta que su silencio era un grito de socorro, de desesperación si se quiere decir porque a ella, y yo lo sabía bien, aquello no le interesaba. Dejé de hablar y me puse a escribir, me parecía que en aquellas circunstancias era lo mejor, después de la Teoría M poco más había que decir. No formuló ninguna pregunta, no realizó ninguna observación pues para ella el sofrito era importante y las inquietudes de su pareja, no tanto. Parecía lastimosa mi actitud y analizándola desde la distancia no estaba exenta de cierto patetismo por mi parte ya que buscaba una atención que no había sabido ganármela a fuerza de naturalidad, ingenio, humor o cualquier otra cosa que a ella le hubiese atraído. Me parecía que aquel recuerdo hablaba de mí mucho más de lo que yo creía, mucho más de lo que hubiese creído que era capaz un recuerdo, me parecía verme cómo un ser moribundo que se aferra a la vida de otro porque la suya propia esta destrozada. Una visión con ciertos tintes fatalistas o al menos eso me parecía a mí. En este recuerdo se guarda algo más que su silencio, algo más que una simple interpretación de una acción pasada que tanta repercusión tuvo en el futuro y algo más que una simple cuestión de aficiones o gustos. En este recuerdo se guarda lo más lógico que una vez tuve, lo más íntimo, lo más personal, todo aquello que una vez me hizo hombre, ser, pensamiento y alma. Me he dado cuenta que en este recuerdo existe vida propia, existe una realidad que define una historia que parecía que no fuese a ninguna parte y en un sólo instante, en unos pocos minutos, todo cambió. Su silencio cambió. Mi vida cambió. Ese recuerdo trae consigo la constatación de la incapacidad por dar más, por entender mejor y por vivir de acuerdo a unos parámetros fijados. Algo así cómo cuando el suicida llama a los servicios de urgencias antes de intentar quitarse la vida, una actitud a medio gas, a medio fondo y a plena carga.

El último recuerdo que tengo con ella era que yo hablaba y hablaba...



Bajo el manto estrellado




Bajo el manto estrellado de la noche me dispongo a meditar sobre una cuestión. Una pregunta que hace tiempo me ronda la cabeza aunque hasta ahora no he sido capaz de encontrar esa necesaria actitud para enfrentarme a ella. Me he sentado y bajo la fría noche salpicada por infinitos puntos de luz y la luna a medio crecer empiezo a desvelar cual es la contestación a lo que hace tiempo se constata en mí. Creo necesitar una respuesta que me produzca menos frío y algo más de entendimiento. Sigo sentado y envuelto en una enorme manta de colores vivos. Para mí el azul, rojo, verde y amarillo son los mejores colores para dar la bienvenida a una inminente conexión sináptica. La construcción del razonamiento, sea del tipo que sea, requiere alegría, un tipo de alegría que no se construye con sonrisas y palmas sino más bien con una puerta por dónde entra todo lo que se acerca por el camino. Mientras avanzas a veces es bueno pararse, detenerse, hacer un alto en el camino para enfrentarse a esas cuestiones que se arremolinan en tu cabeza y no dejan avanzar más ni retroceder. Son cuestiones que con el tiempo se vuelven fundamentales, ellas quieren simplemente explicarse aunque antes, nosotros mismos, debemos ayudarlas a florecer cómo si fuesen una hermosa azalea, con cuidado y con tiempo. Las estrellas, los infinitos puntos luminosos de antes, son un marco ideal a la hora de despejar la incógnita, la equis matemática y abrirse paso por terra ignota y así dibujar en el mapa que es tu mente, una nueva ruta. Por eso bajo el manto estrellado de la noche me dispongo a meditar sobre una cuestión. Con ganas, con fuerza por este marco ideal, por estos testigos inconmensurables y con la necesidad de darme una respuesta a una pregunta que he tardado mucho en formulármela. Sentado y abrigado por los vivos colores siento cómo las primeras oleadas de pensamiento llegan, son las primeras olas de una marea y constato que la pleamar será alta. El agua empieza a inundarlo todo, mis recovecos se ven anegados por tanta presión, la respuesta ha llegado, parece que todo se ilumina pero yo sólo quiero respirar. De repente, entre las estrellas y yo no hay nada, ni aire, no sé si esto es real o imaginado, lo que si sé es que esto no puede seguir así. Mi corazón se acelera y mi cabeza esta llena a rebosar de una verdad que hasta estos momentos no era capaz de ver. Una luz radiante me inunda hasta el tuétano de mi pensamiento y no me puedo creer que no pudiese verla antes, ¿había sido un ciego o simplemente esto no era posible antes? De repente, sin previo aviso y tan rápidamente cómo antes, las aguas se retiran. Todo el nudo se desanuda sin más ayuda que la total asimilación de una radiante verdad que ha dejado pequeñas a las millones de estrellas que me acompañan esta noche. Vuelvo a respirar y a sentir frío.




La vida no tiene nada de real
es simplemente, recuerdo.



Como en la antigüedad


Me preguntaba si no estaba maldecido por algún Dios cómo les pasaba a las gentes que vivían en la antigüedad. Una funesta maldición cuando aún era niño debía de haber recaído en mí y sin esperanza alguna, con los años, he ido comprendiendo su larga sombra. Comprendiendo no sería la palabra, sería mejor decir habituando, una especie de adaptación progresiva a su manifestación y a su verdadero poder. Los años sólo me han confirmado lo que en la adolescencia empezó a ser una sospecha. Debo decir que mi niñez transcurrió sin sobresaltos importantes aunque había cosas que no acababa de entender. Me preguntaba cómo podía ser que todos los niños realizasen esos dibujos tan bonitos y los míos, en cambio, fuesen extremadamente feos. Sin definición, sin acierto, más bien una nebulosa de colores y poco más. Los profesores sabían que yo lo intentaba pero parecía que no era capaz de superar una barrera que en mí existía. En la música y el dibujo técnico no fui mejor. No sabía el porqué pero aquello no me salía cómo a los demás y sólo gracias a las buenas notas que sacaba en otras asignaturas pude ir pasando de curso. En la Universidad me decanté por las letras, Filología Antigua, una Licenciatura de recién creación. Aquello no fue cómo me esperaba. En general no me iba mal, en las lenguas indoeuropeas no tenía muchos problemas pero en las lenguas semíticas y otras por el estilo, padecí un calvario. No era capaz de escribirlas cómo tal, mi ortografía era pésima y así me era muy difícil superar los cursos aunque finalmente me gradué. En esos años me había hecho una infinidad de análisis, chequeos, pruebas y más pruebas pero siempre salía lo mismo, estaba sanísimo. Mis padres me llevaron a varios psicólogos y luego psiquiatras pero todo estaba en orden. Yo pensaba en esos momentos que ese algo que me acompañaba desde niño iba creciendo y creciendo y su sombra se alargaba y se alargaba. Pasé un tiempo de preocupación, un tiempo de pasotismo, un tiempo de reflexión y finalmente, un tiempo de aceptación Estaba convencido que ninguna persona ajena a mi círculo íntimo iba a resolver nada aunque dejé que mis padres siguiesen buscando una solución, a lo mejor a ellos les iba mejor que a mí. Mis diferentes amigos en el transcurso de los años siempre me habían recomendado que no le diese mucha importancia a este tema pero no podía, para mí siempre había sido importante. Me preguntaba si no estaría maldecido por algún Dios antiguo, acaso una Hera ociosa o tal vez por un Ahrimán caprichoso, no sabía. Y más después de las dos expediciones a Grecia e Irán que había podido realizar en estos tres últimos años. Allí encontré pruebas físicas que reafirmaban lo que había estudiado en la carrera universitaria, la historia de unas personas que vivían bajo la alargada sombra de unos ignotos caprichos, guerra y paz, prosperidad y hambruna, todo dependía de los augurios de unos Dioses que se escondían en todas partes y en ninguna. Ellos decidían sobre otros cómo yo y a veces escogían a un pobre infeliz y hacían de su vida una especie de ratonera, una vida sin salidas ni entradas, una existencia acordonada desde el mismo momento que el Dios depositaba su atención sobre el infortunado. Lo mismo que sentía yo. A veces me parecía estar viviendo en un mundo remoto, sujeto a sus realidades y a su tiempo pero sabía que no era así, estaba seguro que yo no era un ser antiguo aunque padeciese lo mismo que los antiguos. La verdad era que nada de todo esto tenía tintes de arreglarse y no sabía que hacer para solucionarlo, simplemente era una cosa que me acompañaba, cómo una fina película que recubría mi piel y que no me dejaba hacer más allá de una distancia determinada. Si estiraba por delante, me apretaba por detrás, si perseguía el cielo, me destrozaba los pies.

Era una ratonera, algo demasiado perfecto para ser humano.

Por eso me preguntaba si no estaría maldecido por algún Dios...

… cómo los que vivían en la antigüedad.


 

A lomos de una hormiga



Se estaba dando cuenta, a lo mejor demasiado tarde o a lo mejor no, que un libro, al igual que pasa con la música, te cambia la vida. Si leía una novela de acción, ésta irremediablemente aceleraba su ritmo de acción y eso al final afectaba a su vida diaria. Parecía irreal pero era así de simple aunque nadie hubiese hecho ningún estudio para confirmar este hecho tan evidente. Se deleitaba leyendo poesía y siempre era primavera, aparecía con algo del género fantástico y tarde o temprano acababa llegando sobre un poderoso dragón a su trabajo. La sencillez en los libros simplifica la vida. Las poderosas letras que emanaban de todos los libros que leía llegaban más allá de su consciente, ahondaban en ese estado dónde las vivencias no tenían nombre y se fundían una tras otra en una sopa primitiva dónde todo cabía y casi nada salía, en ese lugar dónde las puertas eran giratorias y entre lo real y lo imaginario no era posible distinguir ninguna diferencia. Cuando leía una novela policíaca veía sospechosos por todas partes, a diario y cuando vivía una obra de ciencia ficción aseguraba, sin temor a equivocarse, que su coche le daba diez mil patadas al Enterprise. Entre letras africanas siempre aparecía la música y los olores lo impregnan todo y siempre, siempre, los colores eran los protagonistas, era cómo viajar al sentido más puro y simple de la vida. En verdad hacía mucho tiempo que se había dado cuenta que un libro te cambiaba la vida aunque le había costado aceptarlo. Pensaba que si esto finalmente se confirmaba, la constante metamorfosis y eterna mutación que nos acompaña en cada latido, a cada paso, su verdadera forma de ser se difuminaría inexorablemente hasta fundirse en esa sopa primitiva dónde no sabía si una vez dentro de ella lograría salir. El tiempo le había enseñado que todo había sido un temor infundado, un miedo del todo irracional aunque perfectamente entendible si el sujeto que lo presentaba creía firmemente que uno era lo que era y poco más. Una actitud más bien simple para quién sólo aspiraba a montar a lomos de una hormiga y soñar. Era curioso pensar que con lo poco que había leído hubiese cambiado tanto, se emocionaba con sólo pensar en el futuro, ahora estaba seguro que lo presentía diferente, cómo cuando...

cada momento parece contener una infinita fuerza vital.*






 
* Patriotismo. Yukio Mishima.



Pequeño homenaje




Siempre que ella empezaba a gritar, me escondía. Sentía miedo, un miedo que me paralizaba y no me dejaba reaccionar. Cuando ella me ponía la mano encima yo ni me movía y recibía el dolor producido por los golpes en silencio. En esos momentos me refugiaba en un mundo interior dónde ella no existía, dónde ella no me podía hacer daño y yo estaba a salvo. No sabía qué hacía mal para que mi madre me propinase semejantes palizas. Acaso no hago todo lo que me pide, acaso no soy un buen hijo, me repetía mientras me recuperaba de la última ración de golpes. Las marcas moradas por todo mi cuerpo me mostraban la respuesta que me negaba a creer. Y si mi madre ya no me quiere, me preguntaba angustiado, que será de mí sin ella, a dónde iré, quién seré, pero éstas y otras preguntas sólo me sumían en un mundo de sombras y temores. Desde que empezó a pegarme mi relación con los demás cambió, dejé de ser aquel niño divertido para convertirme en el ausente presente, nada me complacía, nada me emocionaba porque tan sólo pensaba si mi madre iba a estar borracha o no cuando llegase a casa. En la escuela varios profesores quisieron hablar conmigo pero yo no quise, aquello me incomodaba y no deseaba que nadie se enterará, no quería que sintiesen pena por mí así que no les dije nada de lo que me estaba ocurriendo. Fui creciendo y las palizas fueron en aumento aunque no eran tan severas ni dejaban tantas secuelas cómo antes. Ella seguía bebiendo y seguía en sus trece, siempre decía a modo de sentencia que la vida era una mierda y vivir era una mierda mayor. Me lo repetía agarrándome de los brazos y mirándome a los ojos para que no olvidará nunca sus palabras, éstas palabras, me decía cada día, son la única verdad que existe en el mundo. A mí me costaba creerlo porque sabía que las madres de mis compañeros de escuela no eran cómo la mía, ellas transmitían su amor hacía sus hijos de una forma abierta y explícita, sin temores y de un modo natural. No creía que fuese tan difícil criar a un niño sin tener que pegarle palizas día si día también por eso me resistía a creer lo que mi madre me intentaba inculcar. Sus palabras que siempre olían a alcohol y tabaco y sus manos huesudas y amarillentas intentaban hacerme ver una realidad que yo no era capaz de ver. De pequeño me llegué a culpar de ello pero mientras fui creciendo comprendí que mi madre vivía lejos de la realidad que la circundaba. Vivía ajena a la vida y quería lo mismo para mí, era un deseo demasiado funesto para deseárselo a un hijo. Las palizas acabaron el día que me fui de casa, aún no era mayor de edad pero con lo que había aprendido en la escuela y lo que había aprendido sólo me decidí. Me dirigí a otra ciudad y las cosas fueron mejorando rápidamente. Tuve suerte en encontrar personas que me ayudaron sin preguntar y tuve coraje para tirar hacía delante y demostrar a esas mismas personas que yo no creía que el mundo fuera una mierda ni que vivir fuera una mierda mayor.

Ella me hablaba de una oscuridad que nacía en el interior de las personas y que iba creciendo y creciendo hasta destruirlos, yo no lo creía así. Sentía en mi interior una luz y no podía entender cómo era posible que aquello fuese malo.

Ahora creo haber entendido algo, no es que haya blanco o negro, luces o sombras en el interior de las personas, tan sólo es una cuestión de actitud y posición respecto a la vida. Mi madre dio la espalda a la vida y ya no fue capaz de ver su luz ni sus colores, yo, en cambio, decidí, a pesar de una vida llena de golpes, ver la vida de cara con sus luces y sus sombras y dejar que todo aquello que me conformaba y que se almacenaba en mi interior saliese y se manifestase. Quise hacerlo y lo hice.

Cada año, el día de su cumpleaños, me dirijo al mar. Allí lanzo al agua una flor y una piedra. Lo hago para recordar a mi madre, una piedra cómo símbolo de la dureza que fue mi vida con ella y una flor cómo símbolo de la vida que me dio.

Es mi pequeño homenaje a una mujer que no supo o no quiso...

… de parte de un niño que la quiso y no supo ayudarla.


 

Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres.
Pitágoras



A doctrina



Las volutas de un humo denso, más denso que la más densa de todas las nieblas, me envuelve y desaparezco ante una visión sin dirección. Las volutas parecen crecer por si mismas, sin ayuda ni dependencia de nadie. El humo, como si fuera un antiguo Dios, transforma una realidad que hasta ese momento parecía ajustada a doctrina. Nada parece aunque todo lo es. La visión, como tantas veces, no sirve de nada, nada puede superar a este Dios antiguo que susurra en una lengua perdida. Niebla, bruma, humo, que más da que mi cabeza quiera darle sentido o explicación, que más da si nada de todo esto es real, lo que supera con creces las expectativas es el estado. La no sustentación, al igual que las volutas, y la deriva. Así cómo los continentes se mueven, así mis pasos inmóviles cercan una sensación, luego dos y más tarde, no hay más tarde. Las volutas del humo denso, cual columnas salomónicas, erizan mi piel al contacto, liberan mi mente y desarrollan habilidades, se asemeja más a recorrer con las yemas de los dedos la palabra Renacimiento y dejarse llevar que a cualquier otra cosa. La densidad no ahoga aunque si impresiona, es mejor cerrar los ojos. Los dedos me queman y de las puntas de los mismos siento como si me crecieran llamas de fuego intenso, mi cuerpo sigue tenso, apenas sudoroso y firme aunque siento que no me va a pasar nada allí. El miedo siempre llama a la puerta, las veces que haga falta. De repente una dulce melodía llega a mis oídos, parece de una tierra lejana, de una historia perdida de un tiempo pasado. Sus acordes, armoniosos hasta el éxtasis, colorean este humo denso que tanto me envuelve y me acaricia. De nuevo, sin moverme avanzo y de nuevo el humo se arremolina en torno a mí. Un viento fuerte desliza sus etéreos dedos sobre mi cuerpo desnudo y yo...

… como si fuera un antiguo Dios, transformo mi realidad que hasta ese momento parecía ajustada a doctrina.



Un arce concretamente




Dolido por las formas Nasj Pas se dirigió al único lugar dónde podía ir. Un lugar dónde podía dar rienda suelta a sus funestos sentimientos sin reparar en nadie ni en nada. No era un lugar escondido o alejado de las masas, era más bien un espacio dónde el tiempo no influía, un lugar dónde las leyes de la Física no tenían una clara razón de ser. Tampoco era una abstracción ni un estado alucinógeno de la mente, era un lugar físico aunque cómo ya hemos comentado, las leyes allí no regían de igual modo. Dolido se dirigió allí, con paso decidido aunque algo cansado, no era de extrañar pues el día para Nasj Pas no había sido bueno. Más bien malo. Por la mañana las cosas parecían estar claras pero en esos momentos no encontraba una explicación. Parecía que el mundo se había olvidado de Nasj Pas. Y mientras tanto Nasj Pas se dirigía a dar rienda suelta a sus sentimientos. Éstos, cómo aves de paso, parecían llegar de todas partes. Funestos grises con tintes negruzcos iban coloreando una alma que por la mañana era de otra tonalidad. Al llegar encontró todo tal y cómo lo recordaba, nada había cambiado pues allí el tiempo no influía. Si cualquier físico nuclear hubiese conocido de su existencia se hubiese maravillado porque poseía las características físicas del estado de la materia a un nivel subatómico, era una excepción que confirmaba una regla sagrada de la Física. Se sentó bajo lo que parecía un árbol, un arce concretamente, y la realidad de colores apagados parecía dibujarse de un modo extraño ante sus ojos. La escasa luz proveniente de una luna muy lejana no ayudaba nada. Era un lugar que reflejaba su estado. Un espacio dónde todo se torcía del revés, un lugar dónde el ahora, el hoy y el momento parecían disociarse hasta la contraposición, un lugar dónde el refugio se convertía en cárcel. Aunque cabría puntualizar que su encierro no era cómo uno pudiera pensar, no era la privación de libertad estrictamente hablando, era una carencia, un vacío ante una realidad que se había roto. Sus pasos decididos y cansados lo devolvían a ese lugar, sus experiencias recientes habían conseguido desdibujarlo para de nuevo volver a pintarlo en funestos grises que nada bien le amparaban. Un estado lejos del maravilloso ayer que era vivir. Nasj Pas escuchaba la noche que se cernía sobre él e indagaba con su mirada a la lejana luna cual era el verdadero sentido de todo aquello. Preguntas y más preguntas dentro de un cuadro que sobresalía de su marco, preguntas y más preguntas por parte de una mano temblorosa por hacer. Sentado, bajo lo que parecía un arce, intentaba ligarse al lugar que tan extrañamente lo acogía, quería dejar que el tiempo desapareciese o disminuyese a una escala que ni siquiera la precisión de un físico nuclear pudiese detectar, lo quería y por ello permanecía sentado en el lugar dónde sólo se podía ir una vez has sentido tanto...

… dolor.



Esparpanto




Esparpanto era un personaje que necesitaba una historia personal, diferente a cualquier otra pues pensaba que su nombre bien lo valía. Así que ni corto ni perezoso salió de dónde permanecía oculto y me vino a buscar. Estuvo insistiéndome durante más de dos semanas hasta que al final accedí. Al principio quiso que fuese una autobiografía, luego una novela, más tarde un extenso cuento hasta que finalmente se decidió. Esparpanto me confesó que había llegado a la conclusión que su vida se podía resumir en una sola cosa. Una experiencia de apenas tres días que le había cambiado su vida y que desde ese momento lo acompañaba fuese dónde fuese, hiciese lo que hiciese. Comprobé como a Esparpanto se le quebraba la voz al recordar aquellos días y eso me extrañó. Tenía la sensación que estaba muy seguro de lo que quería y de cómo lo quería pero ahora veía que no era exactamente así. Detrás de toda coraza, hay carne. Esparpanto no era ninguna excepción. Cuando todo estuvo dispuesto comenzó. Hablaba despacio, saboreando cada palabra, cada silencio y disfrutaba de ello. Su mirada se perdía en la lejanía, hablaba pero parecía que no se encontraba allí. Paso diez días visitándome cada noche hasta que por fin acabamos el escrito. Las correcciones nos llevaron tres días más y la portada, porque Esparpanto quería una portada, un día más. Al final dos semanas enteras sin poder dormir como dios manda. Debo confesar que escuchar a Esparpanto fue un deleite aunque su relato no era gran cosa. Me esperaba aventuras heroicas, hermosas damas y luchas a la luz de la luna y en cambio me encontré escribiendo una historia normal. Una historia cotidiana explicada con tanta intensidad que podía sentir la épica del momento. Cuando nos despedimos le pregunté adónde se marchaba pero no lo sabía. Le aclaré que su relato no iba a ser publicado, que yo no tenía los medios y no conocía a nadie que los tuviese pero esto le daba igual. Había llegado de un lugar remoto y oculto para explicar su historia y ahora que lo había hecho se sentía bien. Nos despedimos tomándonos un vino y charlando de esto y aquello. Otra demostración que Esparpanto no era lo que me había parecido en un principio porque no hay que olvidar que...

… detrás de una coraza, hay carne.



¡Usted está loco!



¡Usted está loco!

Curioso que un desconocido afirme con tanta rotundidad semejante hecho.

Sus actos me avalan.

Su moral lo encierra.

¡Eso no es verdad!

Tampoco es mentira.

Pero hay una gran diferencia.

¿Entre qué? ¿Entre una mentira piadosa y una verdad a medias tal vez?

No, no es eso. Existe algo más entre verdad y mentira.

¿Y ese algo que se supone que es?

No sabría explicárselo pero existe.

Curiosa afirmación. Usted que me proclama loco sin tan siquiera conocerme es capaz de afirmar que hay diferencias entre la verdad y la mentira pero no es capaz de explicarlas.

Así es.

Usted es nuevo aquí, ¿no?

Si. Hace dos semanas aterricé en la planta tres de mediología y ahora llevo tres días en ésta. Usted es mi segundo paciente.

¿Y aún así afirma que estoy loco?

Sus actos hablan por sí mismos.

Yo creo que es su moral predeterminada quien lo ciega.

Y sí es así, ¿que se supone que debo ver?

Que el único loco aquí es usted. Que sus miedos no han desaparecido en su corta estancia en la planta tres y que su verdad es tan falsa como verdadera su mentira.

¡Usted esta loco!

Y usted es un hombre de moral ciega.



Chiquillas



Un conocido mío es un novelista de renombre, de esos que salen en las gacetas literarias y en los diarios. No le gusta presumir de ello aunque tampoco deja de sacar tajada por ello. Si alguien le ofrece algo sin compromiso alguno, él acepta. En su casa nadie cree que sea tan buen escritor, yo tampoco. Su abuela, que conoce a la mía desde que eran chiquillas, siempre dice que lo que escribe no se lo leería ni un pato, si éstos supiesen leer. Dice que es mejor leerse del tirón el prospecto de algún medicamento que una novela suya aunque reconoce que como laxante no hay nada como sus letras. Hay que aclarar que su abuela es una reconocida poeta de este país, con asiento propio en la Academia de Poesía. Sus novelas han sido traducidas a decenas de idiomas y sus conferencias se extienden por todo el mundo y aún así, cuando viene a la ciudad, siempre viene a visitar a mi abuela, analfabeta ella, y se pasan horas charlando y riendo. Son dos abuelas dispares pero muy buenas amigas. Yo de vez en cuando las acompaño, se sientan en plena calle, con su agua fría, sus pistachos amargos y una cajetilla de tabaco rubio. Las dos fuman aún. Llevan setenta años haciéndolo y no lo piensan dejar. Dicen que con lo que les queda de vida sería una pena dejarlo, se han pasado toda la vida enganchadas a un cigarrillo y quieren morir con él entre sus dedos. Yo las escucho y sólo muy de vez en cuando hablo, es interesante para mí escuchar la voz de la experiencia. Sus palabras y gestos están cargados de una especial calidez, de una sensibilidad humana que alcanza el alma y que deja impronta. Es escuchar como habla directamente la Historia. Reconozco que algunos de mis escritos han sido inspirados directamente por las palabras de estas dos abuelas que tan bien se llevan. Siempre los he precedido por un agradecimiento y reconocimiento y eso es algo que el nieto de la abuela ilustrada nunca ha hecho. Por lo que cuenta su abuela, él ha pasado infinidad de tiempo junto a ella aprendiendo a sentir y a canalizar todas estas sensaciones en palabras. Le ha dado miles de consejos, apuntes y recomendaciones que luego, para disgusto de ella, las ha visto transcritas literalmente en sus novelas. Un plagio feo y ajeno a lo que ella pretendía transmitirle. Ella no había sido capaz y él tampoco ha reconocido sus carencias a pesar de ser un novelista conocido en las gacetas literarias. Ella no ha dicho públicamente nada en su contra pero a mi abuela le ha contado la verdad y con ella, yo también me he enterado.

El conocido mío que es novelista sigue recogiendo premio y críticas favorables, sigue creciendo su fama al igual que su bolsillo mientras su abuela, la poderosa pariente de letras ilustradas, sigue viniendo a nuestra ciudad, a nuestro barrio, a nuestras humildes calles en busca de su amiga, la misma amiga desde que eran chiquillas.